ENTRE VENUS Y JUAN BELMONTE

Montaingne escribió en ‘Los Ensayos’ que el verdadero ejercicio de la caza es la persecución de la presa; es decir, la venación del venado. Esta hermosa palabra ha desembocado en el Román Paladino desde el latín ‘venatus’, que es el animal cazado, la pieza que persigue el cazador y de la que también surge la designación del arma con la que se cobraba: el venablo. Escarbando en la etimología, el origen más remoto hay que buscarlo en el indoeuropeo, esa lengua ideal e imposible que nadie habló pero que construyeron los arqueólogos de la palabra para explicarse entre los filólogos el humus más profundo de nuestra forma de comunicarnos. Pues bien, parece que procede de una raíz (wen) que expresa deseo, esfuerzo y búsqueda. Y precisamente Venus, la diosa del amor y del sexo, comparte el mismo origen, al igual que el veneno y lo venial, que significa hasta cierto punto lo perdonable. No he ido a cazar en mi vida, ni estoy seguro de que los cazadores sepan que en el fondo cuando se escurren por esas veredas persiguiendo venados, tórtolas o perdices tengan muy presentes las diatribas de Michel de Montaigne y que ni mucho menos estén con la cabeza en la Diosa del amor y sus efluvios carnales. Los cazadores están –como lo estamos los taurinos– en el punto de mira (nunca mejor dicho) de los humanos que han patrimonializado la «conciencia animal» hasta tal punto que sólo es moral su contemplación o su castración preventiva. Existen casi un millón de licencias de cazadores, que más o menos son las mismas almas que llenan Las Ventas durante un mes de San Isidro. Como se ve no somos casi nadie pero no queremos que ningún partido utilice nuestra pasión. Dejen de perseguirnos, déjennos entre Venus y Juan Belmonte. o Este artículo lo he escrito en Diario La Rioja

MORIRME

Sé que cada día estoy más cerca de morirme y me atormenta la certidumbre que me acompaña de saber a ciencia cierta que he vivido ya más –b...