ROCÍO SE INSTALA EN LA CÚSPIDE

Rocío Molina se proclamó el jueves, en la última función de uno de los ciclos más importantes y redondos de los 21 años de andadura de este evento, como una de las más grandes bailaoras del flamenco contemporáneo. No digo la más grande porque no conozco a todas las demás y trato de escaparme como de la peste de las proclamaciones maximalistas que tanto se llevan en la siempre resbaladiza esfera de la crítica. Rocío es una mujer inconformista que rezuma inquietud por todos sus costados; una inquietud que brota de su personalidad y de una fuerza salvaje sobre el escenario, de una asombrosa capacidad para romper moldes sin deshacerse lo más mínimo de la estructura fundamental del alma que informa y conforma cada latido del cante grande. Suma su danza con una naturalidad envidiable y es capaz de crear escenas musicales en las que su cuerpo, poderoso y extremadamente frágil a la vez, convive con las constelaciones de las más grandes de este arte. Carmen Amaya como cúspide y destino de su arquitectura de bailaora, y Ute Lemper como musa fugaz de acentos cabareteros de entreguerras, como en ese maravilloso y sutilísimo garrotín, donde destiló y consumó ese paraíso que es la gracia sin caer ni una sola vez en la sobreactuación o lo innecesario. Caída del cielo es una obra arriesgadísima en su configuración estética: el juego de matices y de referencias es brutal y contradictorio. Y no se configura como un alarde de técnica, sino que mucho más allá de ser un ejercicio de estilo, es como una especie de juego de muñecas rusas a través de un camino en el que Rocío va desnudando y despojándose de todas las almas que la habitan. El inicio es sorprendente, con un vestido largo con una cola que la hace bailar suspendida mientras ella parece ingrávida y le bailan las pestañas. Sonidos de aparente incoherencia, digitales y sintéticos que nos llevan después al mítico ‘Asesinado por cielo’ para penetrar en los terrenos donde no vale ningún subterfugio. Increíble la voz por fandangos de José Miguel Carmona y las armonías genéricas de un grupo que pasa de Paco de Lucía a la Leyenda del Tiempo para hacer que Rocío hable con su cuerpo en hora y media absolutamente frenética, cuajada de todos los ritmos, de los sonidos olorosos del cante grande y también del chico de los romanós de los ochenta. Ella se configura como una diosa de la escena, como una flamenca universal que busca el lenguaje más puro y exacto asomándose a todos los precipicios y sin despeñarse ni una sola vez. Si nos entusiasmó hace cinco años con ‘Danzaora’, que estrenó en esta plaza, la noche del jueves confirmó que se ha instalado en la cúspide. o Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

XXI JUEVES FLAMENCOS. ‘Caída del cielo’. Baile: Rocío Molina. Elenco: José Manuel Ramos ‘Oruco’ (Compás y percusiones); José Ángel Carmona (cante y bajo eléctrico); Eduardo Trassierra (guitarra flamenca y eléctrica); Pablo Martín Jones (Percusiones y electrónica). Última gala de la XXI edición de los Jueves Flamencos. Teatro Bretón de los Herreros. Jueves, 27 de abril de 2017.

REPÚBLICA CATALANA DE UNA HORA

Mola la idea de proclamar la República catalana en una hora (molará más cuando dure media) como recuerdo y homenaje actual y sincero al maravilloso y olvidado libro ‘Diez horas de Estat Catalá’, de Enrique de Angulo, un periodista que vivió en primera línea la fallida –y grotesca– sublevación de Esquerra Republicana contra la República Española en 1934. Ahora, con el cantautor Lluís Llach como principal mamporrero de la llamada ‘ley de transitoriedad jurídica y desconexión’ (que obliga a los funcionarios a cumplir la legalidad independentista «si no quieren ser sujetos de sanción») se puede superar con facilidad aquel vergonzoso pliegue de la historia del nacionalismo catalán. La noche del 6 al 7 de octubre de 1934 se saldó con la muerte de cuarenta y seis personas, la cárcel para unas 3.000, la suspensión de la autonomía catalana y la condena a 30 años a Companys y su gobierno por el delito de rebelión militar. Pero mucho más allá de la huida de los ‘escamots’ por las alcantarillas de la Generalitat, la idea esencial de la obra de Enrique de Angulo pivota, como asegura Jesús Laínz, en la responsabilidad de los gobiernos republicanos, tanto los de derechas como los de izquierdas, por abandonar a los catalanes que defendían España merced a su «interminable serie de claudicaciones». Enrique de Angulo falleció al ser atropellado en el centro de Madrid y escribió que «durante el Gobierno de Azaña, estuvo éste vendido constantemente a los 50 votos de la Esquerra, imprescindibles para un quorum parlamentario que le permitía disponer del poder a fuerza de concesiones humillantes. Desde el primer momento emprendió la Esquerra su campaña antiespañola». ¿Les suena? # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

Rocío Molina: «Yo lo que hago es flamenco»

Rocío Molina presenta hoy en el Teatro Bretón ‘Caída del Cielo’, un paso más en su búsqueda artística

La última velada de los XXI Jueves Flamencos, la edición más femenina de la historia, trae a Logroño un trabajo conceptual de danza, cante y música

Existe en Rocío Molina (Torre del Mar-Málaga, 1984) una continua reflexión en torno a lo que supone el flamenco como una forma de expresión artística, no en vano en el Festival de Jerez de 2006 estrenó ‘El eterno retorno’, una obra inspirada en textos de Nietzsche, con dirección musical de Juan Carlos Romero: «Podrá sonar una guitarra eléctrica o lo que sea que tenga que sonar, pero suena por soleá, se canta por soleá y yo la bailo por soleá. Yo hago flamenco; lo que hago es flamenco, lo que sucede es que lo interpreto a mi forma, con el sentimiento y las sensaciones que me imponen los momentos de mi alma y de mi creatividad». Y es que esta noche (21 horas) cierra la XXI edición de los Jueves Flamencos una de las personalidades más fascinantes de la danza contemporánea, la bailaora malagueña que en 2011 estrenó en Logroño su obra ‘Danzaora’, un año después de lograr el Premio Nacional de Danza y en la que se consagró como una de las personalidades esenciales del mundo flamenco: «Sé que vengo a cerrar un ciclo de flamenco jondo con todo mujeres y tengo muy claro que lo que hago en esta obra parte del cante más desnudo; nace de la más pura esencia pero que a su vez tiene lecturas que no son solo flamencas, pero el sentido del flamenco no se pierde ni un solo instante. Llevo hechas más de siete soleás, once alegrías; en la obra me cantan por los fandangos que quiera el cantaor; no renuncio al cante; lo improviso en el baile; pero todo lo que hago es producto de mi propia evolución personal como artista, con mi carácter profesional; eso es lo que persigo...
-¿Qué es caída del cielo?
-Es una obra muy diferente a aquella de ‘Danzaora’. Es el producto de la concurrencia de un buen número de cosas y de historias. En primer lugar tengo que decir que es una producción que parte del trabajo en equipo con muchos de mis músicos y en la que dejo patente el significado de mi baile y su encuentro con las músicas.
-¿Y el contraste entre ellas?
-Es verdad, me gusta definirla como una especie de díptico donde se forjan dos historias que por separado no tienen mucho sentido. La primera parte es como muy blanca y angelical, pulcra con una insólita belleza; es como un paraíso. Luego aparece la segunda parte, que es como mucho más oscura, recóndita y políticamente muy incorrecta.
-Es un poco su personalidad.
-Quizás sí, soy muy de extremos y en este trabajo se ronda mucho por las periferias, por los acantilados. En cada trabajo muestro mi verdad como bailaora, no puedo reprimir lo que siento, lo que busco en cada momento. En mi trayectoria artística se ve claramente cómo todo es producto de un camino, de una apuesta. Llevo bailando desde que era una niña y no te puedes quedar arrinconada en una sola fórmula, en un espacio... Todo lo contrario, cada momento te va llevando de un lugar a otro descubriendo nuevas sensaciones en la danza y la música.
-Siempre habla de un trabajo coral con sus músicos.
-Eso es esencial porque no te puedes quedar encerrada tú sola. En este caso mi encuentro con Carlos Marqueríe, codirector artístico de espacio, dramaturgia e iluminación ha resultado vitalpara otorgar a toda la representación la estética que estaba buscando, que perseguía.
-¿Eso surge de un primer momento o se va depurando?
-Hemos quitado muchas cosas. En realidad nos gusta mucho trabajar sobre algo tan escurridizo como es la casualidad y aunque pueda parecer lo contrario, pensamos mucho menos las cosas de lo que parece. Y es que personalmente me gusta mucho que exista una sensación de transparencia en el trabajo escénico para mostrarme como soy.
-¿Eso supone habitar con todas las consecuencias el territorio donde habita el riesgo?
-Es verdad, porque ha habido momentos en los que hemos estado  muy perdidos. No sabíamos dónde íbamos, pero siempre te refugias en el talento de los músicos.
-¿Qué hay en Caída del Cielo?
-Está claro que aparece una simbología muy cercana al paraíso y el posterior descenso a los infiernos. Nos hemos inspirado en muchas cosas; en el Bosco, pero también en los caprichos de Goya, existen mundos muy cercanos entre estos dos artistas y ahí es donde hemos depositado nuestra mirada. No es la figura invertida del ángel caído, como le ocurrió a Dante en su Comedia, sino que busco un espacio de profunda libertad. En el camino se quiebra el alma, sumergida en un mar denso y opaco, en un paisaje oscuro plagado de luciérnagas que nos elevan hacia paraísos oscuros.
-Pero son espacios complejos.
-Es cierto, pero a la vez muy sugerentes para introducirlos en la danza. He sido siempre y seré una mujer de percepciones muy extremas. Me siento muy bien en esos espacios; la verdad es que me gusta mucho caminar por terrenos inestables. Significa también ser coherente con mi propia trayectoria vital y artística. Voy al límite con mi cuerpo en la danza, pero es mi forma de expresar lo que siento en un escenario. No me puedo cambiar a mí misma ni un segundo.
-¿Y el flamenco dónde queda?
-Lo inunda todo, cada instante de la obra, porque es el cuerpo por el que gravita toda las escenas, todo es flamenco. Cuando caigo de rodillas me derrumbo como un cantaor, sin ataduras algunas, con la sensación de que hay también ese aspecto de improvisación tan visceral que tiene el flamenco, con ese punto tan atávico. Esta obra es un viaje, un tránsito, un descenso. Desde un cuerpo en equilibrio a un cuerpo que celebra ser mujer, inmerso en el sentido trágico de la fiesta.  o Esta entrevista la he publicado en Diario La Rioja

EL PP NO EXISTE

Las toneladas de basura que se acumulan en las alcantarillas del Partido Popular de Madrid y en sus entornos económicos y mediáticos vapulean una vez más (y hasta la náusea) la imagen de la fuerza política más votada de España y la que ostenta el gobierno en la figura cada vez más insostenible de Mariano Rajoy. Es alucinante la forma en la que se sujeta impávido en lo alto de palo mayor sin que aparentemente le incomode nada lo más mínimo (excepto Rivera, al que no soporta como no aguantaba la legislatura pasada a Rosa Díez). El PP ya no existe; se ha convertido en una especie de franquicia franquiciada y franquiciadora de poder e intereses donde es una utopía atisbar un proyecto más allá de las ambiciones personales de sus dirigentes. Soraya sujeta el mástil de Mariano (ésta frase no es literal) y al día siguiente saca los mastines del CNI y sus terminales periodísticas a pegar mandobles a Cospedal, tan bella como inquietantemente inútil y enfrascada en su particular guerra contra la presunta heredera de lo que ya es un yermo, un partido sin ideas, sin proyecto y sin el más mínimo atisbo de ética. Sólo interesa el poder por el poder y las camarillas actúan por dentro como larvas sectarias. Mariano se reboza en ese lodo supuestamente a salvo de cualquier contingencia. Tiene el BOE y nos tiene atados porque más allá de él no hay nadie. El PSOE está tan enfermo que el caos del PP se sustancia en las urnas con indiferencia. Iglesias anda dando vueltas atropellando al sentido común en un ridículo autobús y Ciudadanos gravita entre Murcia y Madrid sin saber qué hacer. España es una confusión, un galimatías y en ese revoltijo de inexactitudes el PP de Rajoy saca tajada a base de todos nosotros. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

LA ETA ES LA MUERTE

La ETA, que es la forma que más le duele que le digan (y que por eso hago mía con alborozo), lleva no sé cuánto tiempo radiografiando su derrota, contando su naufragio y a la vez queriendo dibujar (con unos muchos que le ayudan) un nuevo relato donde vale lo mismo la víctima y el verdugo. Como ganó la batalla de lenguaje, la ETA y sus voceros se han apropiado de la palabra paz como si hubiera sido su conquista. Y es una sucia mentira. Ellos no han traído la paz; intentaron sepultarla bajo coches bomba, disparos en la nuca y ese catálogo de salvajadas que han perpetrado durante décadas en nombre de una patria a la que mancharon con la sangre de los demás. La ETA es la gran mentira de la España contemporánea. Nació en la mentira, intentó destrozar la Transición y llenó de dolor la Democracia al mismo tiempo que una buena parte del llamado pueblo vasco miró hacia otro lado cuando unos pocos tenían que revisar los bajos de su coche por si los amigos de la muerte habían decidido ‘hacer justicia popular’. ¡Algo habrán hecho!, se decía por lo bajini. ¡Que se jodan!, bramaban en las ‘herrikotabernas’, lúgubres bares de muerte donde se fumaban los porros de los camellos a los que asesinaban. La ETA es la muerte y nada más que la muerte. No hay ningún valor cívico o ciudadano que se esconda tras sus siglas de ira; no hay ningún preso político que atienda a su mandato. Están en la cárcel por matar o ayudar a que la ETA mate, extorsione o amedrente. Son la antiética, la antítesis de la Democracia y de los valores que inspiran cualquier clase de convivencia. La ETA es una mafia que ha hecho de la muerte y sus sórdidos arrabales la forma de ver el mundo. El resto es un cuento chino.  # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

LOS PICAOS DE SAN VICENTE DE LA SONSIERRA

Ayer, Jueves Santo, estuve en San Vicente de la Sonsierra, un bellísimo pueblo de La Rioja Alta al que suelo ir a trasegar vino o a comer en Casa Toni, un restaurante excepcional en el que Chuchi Sáez Monge deleita el paladar de una forma sencillamente inconmensurable. A decir verdad, no recuerdo otras circunstancias que me hayan hecho parar por este lugar, el mismo sitio, por cierto, donde vi por primera vez el sombrero de hollejos de la fermentación en la Cooperativa de la Sonsierra, en lo alto de un gigantesco depósito de acero inoxidable de casi tres pisos de altura. San Vicente huele a vino. En su calles se amontonan varias de las mejores bodegas del universo, a la sombra protectora de la Sierra Cantabria. Se diría que el mismo pueblo parece encaramarse sobrevolando el Ebro en una colina desde la que se divisa a lo lejos el Castillo de Davalillo, y más cerca, otra hermosura de piedra: Briones, ciudad mística donde a decir de mi buen amigo Miguel Ángel de Gregorio, un bodeguero excepcional, confluyen esas fuerzas telúricas que hacen de la naturaleza el más increíble de los sinsentidos.

Decía que era Jueves Santo en San Vicente, y un gentío aparcaba sus coches para llegar a la primera procesión de los 'picaos', de los disciplinantes de la Cofradía de la Santa Vera Cruz, una hermandad de la Edad Media que todavía pervive entre los muros de piedra de arenisca de la Ermita de San Juan, pegada en lo alto del pueblo a la Fortaleza-Iglesia de Santa María. Allí arriba, con un viento imponente, y con un sol que parecía no existir a pesar de la luz indecorosa de la primavera, comenzaba el rito a eso de las siete y media de la tarde. Mujeres de negro descalzas, Marías, las llaman; miembros de la cofradía, niños con andas, un cura con estola púrpura, la virgen, la Guardia Civil, la última cena y al fondo, los disciplinantes: doce hombres a los que nadie conoce, encapuchados de blanco, con dos agujeros para ver sin que les vean, con una túnica hasta las rodillas, los pies desnudos, algunos con cadenas, y una toga parduzca y vasta decorada con una ascética cruz blanca en la espalda.

Su imagen me impresionó como no podía ni imaginar que me iba a suceder; los había visto de niño por la calle Zumalacárregui (me acuerdo del nombre por el cartel, aunque en aquellos tiempos no tenía ni idea de quién era el tipo) en una Semana Santa casi a oscuras merced a un calendario litúrgico mucho más tempranero que el de este año. Pero mi recuerdo era vago, con flashes de mis padres, de mis hermanos y de mis primos revoloteando en unas escalinatas.

Pero sin darme apenas cuenta, me vi en mitad de la procesión y a mi lado estaba uno de los que se iban a flagelar, acompañado por un joven mayordomo de larga cabellera y buen porte que le mimaba con sus manos y con una mirada que no se despegaba del encapuchado apenas un segundo. Le noté el miedo que tenía; mejor dicho, se lo pude oler al comprobar cómo le temblaban el pecho, la cabeza y los brazos. A mi lado caminaba un ser humano que sabía que le esperaba un dolor impresionante en unos segundos, un dolor brutal, seco y dramático, pero que él mismo se lo iba a causar. No lo entendía, pensé. Me cuesta comprender este ritual tan profundo y exigente. Pero aquel hombre al que nunca conoceré estaba a mi lado y yo, íntimamente, me quería unir a su dolor, a su frustración, a la amargura que le tenía que estar recorriendo el alma mientras los demás nos apostábamos lo más cerca posible para contemplar el suplicio, su castigo, su ruptura con la comodidad que define al hombre contemporáneo.

La procesión bajaba lentamente y con síncopes, con el ritmo entrecortado de la marcha de la Semana Santa musical. Los disciplinantes miraban hacia abajo suspirando en silencio, contando los minutos que quedaban para empezar a fustigarse las espaldas arrastrando sus pies desnudos por un suelo frío, reseco y pétreo. Yo iba detrás de unas andas de la Virgen, con un grupo de niñas debajo, protegiéndose de la marabunta de turistas que invadíamos cada rincón sagrado del alma de estas gentes.

De pronto, pareció que el tiempo se había detenido y uno de los encapuchados se postró de rodillas bajo la figura de la virgen. Una oración breve, un silencio que cortaba el aliento, un miedo insuperable. El mayordomo le ayudó segundos después a despojarse del manto de la cruz blanca y desnudó su espalda para dejar abierta una especie de ventana en la túnica. El látigo es una madeja de hilos gruesos de algodón cosidos uno a uno en la empuñadura para quedar sueltos como una crin en la parte que fustiga. El encapuchado se dio la vuelta y empezó su martirio pasándose de un lado a otro del cuello la madeja para descargarla con furia sobre sus espaldas. Los golpes resonaban secos, cortados, desnudos, sin apenas eco. Los golpes rítmicos se superponían unos con otros entre los doce hombres que empezaron a azotarse calle abajo. Desde donde yo estaba se veía un agitar de látigos increíble. Fotógrafos y curiosos asistíamos al evento y yo tenía la sensación de estar en la mismísima luna; no me gustaba pero tampoco podía apartar mi mirada de aquellos hombres torturándose a sí mismos en silencio, a pesar de la música, de los cánticos de la mujeres y del rumor de miradas y palabras de los cientos de personas que se agolpaban como un enjambre en el trazado medieval y tortuoso de las calles de este pueblo de La Rioja. Un señor calvo, con bigote, parecía dirigir todo el entramado. Silencio entre la marejada, compás rítmico de los azotes, las cadenas, el dolor, la sangre de los aguijonazos de la esponja con cristales que alivia los moratones de los más de mil flagelos que llegaron a propinarse cada uno de los doce encapuchados.

Al llegar la comitiva a la plaza mayor, decidí abandonar el río de la sagrada procesión, de aquella inexplicable tradición medieval que pervive en los tiempos de la generación ni-ni o los Iphones, con el turismo de fin de semana y los comentarios del último clásico futbolero. Me senté en una terraza y no pude hacer otra cosa que tomarme una cerveza mientras un señor leía el Marca, quizás abstrayéndose con los goles de Cristiano Ronaldo de aquel dolor que giraba en sí mismo para llegar, de nuevo, a la Ermita de San Juan, pegada en lo alto del pueblo a la Fortaleza-Iglesia de Santa María.

RECUERDOS DE CAMARÓN


Camarón se fuma el enésimo cigarrillo en la portada de un disco. Y en su contra, acaso difuminada, torea una vaquilla con una camisa de lunares recogía con un nudo pirata a la altura del ombligo. Es 'La Leyenda del Tiempo', la obra por la que me aficioné al flamenco a pesar de que los puristas dijeran, sin darse tregua, que aquello no era cante jondo y que el de la Isla había traicionado lo más sagrado del flamenco: la pureza. Confieso que al principio no entendía absolutamente nada; a mí me flipaba su voz de Dios juvenil y apolíneo con la que me endulzaba los oídos con ese Romance del Amargo de Federico García Lorca; con los poemas orientales de Omar Kayan o la luz sonora y felina de Fernando Villalón, aquel ganadero surrealista y poeta que buscaba toros con los cuernos verdes y que suspiraba sus lamentos por las marismas con la garrocha al hombro. Decían que Camarón no cantaba flamenco; que es algo así como aseverar que Velázquez no pintaba o que Cervantes no sabía escribir. Y se quedaba tan ancha como patidifusa aquella amalgama de críticos y preservadores de la esencia a los que Paco de Lucía, que «tampoco tocaba como había que tocar», llamaba flamencólicos; es decir, anhelantes de un tiempo que quizás nunca existió, cercenando de raíz supina cualquier evolución. El artista estaba vedado, capado, castrado... muerto. Cualquier arte, y el flamenco como tal, es mestizo, se nutre de infinidad de almas; y en los ochenta reinaba la de Jimi Hendrix, la psicodelia y el rock andaluz de Veneno, Alameda o Smash. Y allí estaba Camarón hace ahora treinta y tantos años, como una esponja, arrebujándolo todo para hacer de su cante algo trascendental y único. Como dijo Kiko Veneno en un documental de La Dos, como un maravilloso «duendecillo». # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

RECETA PARA PERDER EL TIEMPO

De niño quería ser mayor para mandar sobre mí mismo sin que nadie me impusiera atadura alguna; para carecer de horarios y seguir ganduleando por las calles hasta que me diera la gana sin tener que irme a dormir cuando más me apetecía tener los ojos boquiabiertos y las uñas despiertas. De niño, como Juan Belmonte, soñaba con irme a cazar leones a Masai Mara, rescatar princesas en Bangladesh o aventurarme en el río Xindú del Mato Grosso para pescar pirañas asesinas y comérmelas después a la luz de un atardecer transido de gaviotas mientras pavoneaba mi hombría ante los indígenas. Pero pronto, mucho más pronto de lo que yo mismo preveía, acabé estudiando periodismo en Bilbao e intercambiando las pirañas por algún torvo catedrático en esas aburridas clases en las que mi imaginación se disipaba entre los montes de Venus de mis amigas y la cordillera Cantábrica; todo eran cumbres, al fin y al cabo, me decía. De niño soñaba que era posible la aventura más allá de los mapas, de las creencias y de las oportunidades perdidas. Por eso, a medida de que me iba quedando calvo todo aquel hemisferio de anhelos se iba complicando con la edad adulta y esa rutina a la que aborrecía porque Corto Maltés, uno de mis primeros ídolos, prefería los barrios chinos y las casitas bajas a esos edificios de tirabuzones absurdos que compiten con la vida atestados de personas en las que parece que nunca habitó ni el más mínimo personaje. Me hice mayor y acumulé kilos con el mismo ritmo que empezaba a dejar de soñar con perderme en una selva para buscar salamandras, escalar sauces llorones o aventurarme en Siberia para descubrir, al fin, qué sucedió en Tunguska con aquel extraño meteorito. Pero estoy aquí, escribiendo esta columna, que es otra forma cualquiera de perder el tiempo. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

ATEO CRISTIANO

Oriana Fallaci
Cuando se atisba la Semana Santa en el horizonte más próximo del calendario me suele entrar por el cuerpo un temblor extraño. No soy especialmente creyente, aunque culturalmente me defino como hacía Oriana Fallaci: ateo-cristiano. No creo en Dios pero estoy sumido por una cultura que se entrevera con la religión en casi cualquiera de sus manifestaciones. Desde el dios recién nacido de diciembre al que van a matar los romanos en apenas una semana; tres días después todo será júbilo y llegará el Corpus y más tarde ese rosario de vírgenes de verano y santos de alcoba de los calendarios. Con ellos vendrán las cosechas y los primeros vinos; santos de mayo labradores, ingeniero alguno, también gañanes, mitad beatos y mitad hoplitas que se esconden en libros que casi nadie lee. Pero me quiero detener en la semana santa barroca de España, en la de los cristos mortecinos por las calles y las vírgenes rotas de dolor mirando el destino del hijo concebido de milagro sin haber yacido con hombre alguno. Alucino con Berruguete, con el mito del Calvario, con el sermón de las siete palabras, con los picaos brutales de San Vicente. Pero no me estremezco, sólo me retiemblo con los capirotes cuando avanzan por las calles y las procesiones lo llenan todo de cirios y de niños que lloran ante los rostros embozados y el ritmo marcial de los tambores. Llega la Semana Santa y huele a vacaciones, a esperanza de buen tiempo, a una primavera que suele venir para quedarse mientras el frío regresa a su lugar natural, a Escandinavia o el polo. Luego llegará el verano con San Bernabé, ese patrón nuestro tan delicado y guapo al que no le hacen falta que lo asaeteen como a San Sebastián para enseñar el torso virginal que siempre le he adivinado. Porque San Bernabé es el santo barbudo más guapo de todos los que conozco. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

CUCA

Había un silencio entreverado de silencio en la mirada de Cuca el sábado en Riojafórum. Un silencio de sueños rotos y de esperanzas desvanecidas, depositadas en una agónica carrera que ha durado unas semanas y que simbólicamente comenzó en Santa Coloma, exactamente donde imagino que debía de haber acabado. A Cuca le han escamoteado el tiempo precisamente alguno de esos a los que ya se les había agotado el tic-tac de sus relojes; el tiempo no tiene compasión ni con el propio tiempo y la paradoja de la alcaldesa era que venía vestida con avíos de futuro pero a hombros de costaleros del ayer. Ha habido en estas semanas una guerra de trincheras soterradas, de teléfonos que escupían reproches con acentos; una especie de tierra quemada donde las lealtades más hondas se han resquebrajado con estrépito. La mirada emocionante de Cuca es la más frágil e inteligente, la suya propia, sin consejeros ni estrategias de corrillos ni intereses, de despachos que vuelan entre los que dicen ser y no son y los que aunque quieran serlo jamás van a llegar a ser. Cuca no es de marfil, ni de hielo y menos en una derrota que no ha sido suya aunque sea su candidatura la que sucumbió por el poder de las papeletas que dictaron su sentencia contra el tiempo que la llevaba en su costado. Estos días de batalla Cuca sí parecía como de hielo, gélida, intérprete de un papel, gestora de una estrategia. Y al final llegó el desconsuelo, ese aire de vacío que proporcionan las derrotas. Confío en su inteligente valentía, en su determinación porque es uno de los activos más valiosos de la derecha riojana. Ésa que durante tanto tiempo ha conspirado contra sí misma sin cuartel. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

MARAVILLOSA INTIMIDAD

Canciones que necesitaban ser cantadas, canciones que estaban en la memoria, impresas en el tiempo, luminosas, únicas, inolvidables... pero que no se merecían el silencio que había decretado el tiempo deteniéndolas en los anaqueles donde las cintas magnetofónicas duermen en sueño de los justos ante el desconcierto que a buen seguro les provocan las nuevas tecnologías, los ya desfasados ‘cedés’ o la música en ‘streaming’. Lole y Manuel en esencia misma de la pura esencia de su sentido más íntimo. Dolores Montoya, Manuel Molina y ahora su hija Alba Molina Montoya colocando las cosas en su sitio gracias a un concierto de maravillosa intimidad para poner un colofón de nácar a los conciertos del Salón de Columnas de esta inolvidable XXI edición de los Jueves Flamencos. Quizás, la de Alba ha sido la actuación más diferente de estas dos décadas de conciertos. No se escuchó el cante por siguiriyas, por soleá, por tientos, pero hubo compás de todos esos cantes, acentos de todos los estilos, ecos de todos los duelos del flamenco más gitano, el de los del bronce, que escribían los viejos revisteros. Alba Molina, mujer sanguínea y singularmente hermosa, hizo una velada distinta y convirtió en única la noche, el fragor de esos cantes de Manuel, de esa fuerza telúrica de Lole esquiva a cualquier razonamiento, distante del más mínimo conformismo. Libres como una brizna de hierbabuena, dulce como el amanecer en el Aljarafe sevillano y silencioso como el río aquel que se quedó dormido para que durmieran los gitanos nómadas en sus caravanas cuando iban de Córdoba a Sevilla. Alba Molina fue mucho más allá de una mera reivindicación familiar, cantó como los ángeles en un manojo de bellísimas canciones en las que fue coleccionando un inimitable caudal de recursos: desde el susurro más delicioso al requiebro gitano y primigenio, al grito puro del cante de los canasteros. De todo hizo pero sin abusar de nada; gotas que fue derramando en el estanque donde descansa el manantial de creatividad del para siempre inimitable e inolvidable Manuel. Cantó por Lole y por Manuel, sin ser ninguno de los dos y siendo los dos a la vez y por completo. Alba Molina, además, se trajo a Logroño a un aliado perfecto. Joselito Acedo, tocaor flamenco que dota a su sonido de una acusada modernidad y de un resabio de viejos toques. La vuelta que se dio por bulerías fue brutal, por ejemplo, gracias a uno de esos juguetillos donde se enredan la creatividad y el duende gitano, que es el duende que el jueves se apoderó de un Salón de Columnas que volvió a vibrar entusiasmado. Un ciclo magnífico de mujeres flamencas en vena, distintas todas y cada una de ella y soberbias cantaoras.

o XXI JUEVES FLAMENCOS (Alba Molina canta a Lole y Manuel). Cante: Alba Molina. Toque: Joselito Acedo. Salón de Columnas del Teatro Bretón (localidades agotadas). Jueves, 6 de abril de 2017.
# EsTa crónica la he publicado en Diario La Rioja

Alba Molina: "El flamenco tiene unas formas muy profundas"

Alba Molina canta a Lole y Manuel esta noche a partir de las 21 horas en el Salón de Columnas con el toque de Joselito Acedo 

Alba Molina, con la guitarra de Joselito Acedo, cierra esta noche (21 horas) los conciertos del Salón de Columnas del Teatro Bretón. La artista, que no se define como cantaora, presenta en Logroño la que asegura que es la obra «más importante de mi vida». Alba Molina canta a Lole y Manuel, canta a sus padres y a una forma musical basada en el flamenco pero que se introduce de lleno en la órbita de lo absolutamente contemporáneo por las formas tan especiales e inimitables de Lole y Manuel (recientemente fallecido) de hacer música.
-¿Se siente flamenca?
-Me siento más gitana que flamenca. Soy gitana por los cuatro costados; es una manera de vivir con la que me identifico por mis orígenes, por la inercia de mi vida y por mi forma de ser, aunque haya cosas de lo que se entiende por gitano con las que no esté de acuerdo. Ser flamenco es otra cosa y no es patrimonio solo de los gitanos. Me da mucho respeto el flamenco, el cante tiene unas formas muy profundas y yo no me veo cantando de momento en público por soleá o por siguriya... Aunque nunca se sabe por dónde va a ir la vida porque el futuro no existe.
-Viene Logroño a un ciclo de flamenco ‘jondo’. ¿Cómo espera que le reciba un público acostumbrado a la ortodoxia del cante más clásico?
-Las experiencias que he tenido están siendo maravillosas, hay como un respeto y un querer ayudarme encomiable. Me está encantando la forma en la que se me recibe en las distintas ciudades donde he llevado este disco.
-La música de sus padres marcó una época, fueron creadores de un estilo inimitable y llegaron a millones de personas. ¿Le costó mucho introducirse en esas formas y aportar su propia personalidad a estos temas?
-Es curioso, yo me he criado en un escenario, he vivido los estudios de grabación con una naturalidad absoluta desde que nací. Y quizás no he sido consciente de toda su trascendencia hasta ahora. Y me doy cuenta de lo que supusieron Lole y Manuel en España y en el mundo y que fue impresionante. Ahora lo estoy notando de una manera muy especial, muy evidente, como a flor de piel lo que le llegan a la gente estas canciones.
-¿Qué ha supuesto para usted hacer este trabajo?
-Estos temas me han acompañado toda mi vida, pero subirse a un escenario y cantarlos es algo muy distinto. Yo soy una persona que intenta manejarse con absoluta humildad. No tengo el timbre de Lole ni de Manuel, es otra forma de cantar distinta, pero a la vez estoy convencida de que hay algo genético que me hizo pensar en hacer este trabajo, que me unía a la música de Lole y Manuel. He buscado hacer mía cada una de las canciones.
-Son tan especiales que era imposible que crearan una escuela...
-Es cierto, es algo que nació con ellos y que ha quedado para siempre en su vida. Por eso creo que si alguien lo tenía que hacer era yo.
-Su padre Manuel, fallecido hace apenas dos años, ha sido uno de los músicos más peculiares de la música popular.
-Era un hombre fascinante en todos los sentidos. Su forma de crear, su estilo, la manera en la que hacía sus cantes de forma tan peculiar, cómo le brotaba la inspiración, se fijaba en cualquier detalle y a partir de ahí le surgía la música por todos los costados. 
-Una de sus palabras era la libertad. Cuando la pronunciaba aparecía con otro metal, con un diapasón diferente.
-Es cierto, siempre me ha obsesionado  cómo vivía esa sensación de hacer lo que a uno le parezca bien sin hacer nada a nadie. Para él en la palabra libertad se acurrucaban otras definiciones como respeto, honestidad, pureza... Es un tema que me interesa mucho. Hacer las cosas porque las queremos hacer, vivir este momento exacto sin tener que estar siempre haciendo cada cosa para conseguir un premio. Intento inculcar a mis hijos esos valores de libertad que tanto le gustaban a Manuel.
-¿Cómo va a desarrollar el concierto?
-Serán los temas del disco y otras canciones que no llegamos a publicar pero que están en ese mismo aire que todo el resto de la obra.
-¿Fueron Lole y Manuel unos pioneros?
-Crearon un estilo tan complejo como sencillo. No necesitaban nada más que una guitarra y almas. Pero con esa sencillez llegaron a una complejidad asombrosa. Estamos hablando de algo que sucedió a principios de los setenta y que lo escuchas ahora mismo y es totalmente nuevo. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja.


Alba Molina - Flamencos en Ontañón from Flamencos en Bodegas Ontañon on Vimeo.

LA MALA HOSTIA

Existe en algunas personas un desconsuelo congénito, un íntimo deseo de impotencia que les hace descargar sus frustraciones en los demás como si depositaran en el fondo de una maleta las fotos más ajadas de su existencia, o lo que es peor, las instantáneas que nunca se pudieron sacar porque cuando el fotógrafo les pidió un momento de atención estaban pensando en cómo anular algún anhelo a uno de sus amigos e importunarle en su felicidad. Quizás el encanto de la vida resida en algo tan sencillo como ponerse en ocasiones en el lugar de los otros; es decir, preguntarse de cuando en vez cómo nos sentaría tal o cual amargura si el destinatario fuéramos nosotros mismos y no un señor bajito que pasaba por allí. Pero no, corazón, la mala hostia se irradia como un algoritmo metafísico y mientras nosotros nos ponemos a cubierto, no importa que caigan chuzos de punta y venablos sobre los demás para experimentar esa honda satisfacción que provoca la jodienda en los cuerpos extraños. Qué no haya tregua, se dicen. No sé ustedes, pero yo conozco a más de uno de estos tipos que lanzan por sistema espumarajos sobre alguien cuando ese ser no está presente. Y si aparece el ser –a veces, el admirado jefe– el tipo se reviene dentro de sí como una cucaracha y se metamorfosea en una alfombrilla para que el amado jefe dé lustre a sus bellísimos mocasines italianos. Y es que los portadores de la mala hostia distinguen cargos y encargos, conocen a la perfección la estructura de las jerarquías y sólo se muestran insumisos con los débiles, con los que no tienen nada que perder y por los que no se despierta su envidia. Y es que la mala baba se suele acompañar por los temibles celos, a pesar de que en el fondo los mocasines del jefe sean un verdadero horror. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

PIRINEOS RIOJANOS

El otro día andaba con mi amigo Justo Rodríguez paseando viñedos en distintos parajes de Aldeanueva y Quel y de pronto asomé mi cabeza al horizonte y divisé a lo lejos una especie de franja blanca contenida en el cielo. Allá por donde el infinito se confunde con nubes blancas que forman una especie de tirita levemente sonrosada –asombrosamente sostenida en la misma divisoria y sobrevolando confines de manera grandiosa– aparecieron ante mis ojos los fabulosos Pirienos, como si alguien los hubiera puesto ahí para que los pudiera observar en toda su magnitud. Era impresionante y más todavía al ser consciente de que aquella mole estaba a cientos de kilómetros y era posible disfrutarla desde las tierras del Alhama o los viñedos más encaramados de Yerga. Tan lejanos pero tan nítidos a la vez, como si se pudieran tocar alargando un poquito el brazo. Ayer, sin embargo, ni estaba con mi amigo Justo ni paseaba entre viejas garnachas; aporreaba el ordenador hasta que por la magia de ‘twitter’ me tropecé con una foto de José Calvo (el único meteorólogo del que me fío) en la que aparecía la colosal cordillera retratada desde Sojuela. Y no sólo eso, sino que como buen dentista, José Calvo fue describiendo cada una de las piezas de la dentadura montañosa nombrando para los profanos cada pico: Alanos, Peña Forca, Aguerri…, y el más alto de todos, Bisaurin, que como un colmillo hincaba su punta nevada en el cielo difuso de un atardecer luminoso pero ya decaído en todo su extraordinario fulgor. Es hermoso mirar al cielo y ver un poco más allá, contemplar incluso lo que no se ve; subrayar detalles inopinados que te hagan pensar que aún podemos sorprendernos por lo que tenemos más cerca y que quizá lo que parece improbable a veces es algo menos que descabellado. Algo así como ver los Pirineos desde casa. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

CELIA ASPIRA A REINA


Los Jueves Flamencos continúan su camino en el calendario instalados en la excelencia. Los dos últimos conciertos entrañaban el riesgo de lo desconocido para la mayor parte de los aficionados: la veterana Antonia Contreras y la novísima Celia Romero. Y ambas actuaciones han sido magníficas y como prueba de ello no hacía falta otra cosa que ver la forma en la que los aficionados, puestos en pie, despidieron este jueves a la artista extremeña y a Paco Cortés después de algo más de una hora de entrega absoluta y de cante grande. Celia Romero es un tesoro, un portento de flamencura y pasión por el cante, un diamante increíble que con apenas veinte años lo tiene todo por decir y cantar. Posee una de esas voces cinceladas por el tiempo, una voz con acento oscuro y rancio; vieja y nueva a la vez, poderosa, con ese punto de rango salvaje que tanto conmociona en el flamenco. Pero es una voz que todavía tiene que evolucionar y matizar esos relieves que si la cantaora sigue por este camino de pureza y entrega la pueden hacer grande. Además tiene alma cantando, contenido y esa tensión que sabe poner para precipitarse con embrujo en los tanguillos o con solemnidad dramática por soleá. Es decir, que tiene tablas y que es capaz de llenar con su sola presencia todos los ángulos de un escenario en la que se la ve feliz y dichosa. Y además, Celia es inteligente y se hizo acompañar por una de las guitarras más expresivas del flamenco para los cantes. Paco Cortés está instalado en el Olimpo y tiene la grandeza y la generosidad de los grandes para estar al lado de los que empiezan y dotarles de esa sabiduría de su compás del tiempo, de su elegancia flamenca, de su maestría. Y la conjunción de ambos fue una maravilla tanto para los aficionados como para el público que rota en los conciertos y sale asombrado de estas bellísimas actuaciones. Celia comenzó con cantes de Trilla con algo nunca visto en este ciclo. Salió por detrás y fue dejando cada tercio en tres paradas por el patio a milímetros de los espectadores. El compás lo depositó en sus pisadas. Maravilla con la que conmocionó y captó la atención con el primer ‘quejío’. Y no fue el suyo un concierto liviano. En absoluto, ya que cada uno de los cantes que hizo fueron de los de máxima exigencia y de tener muchos recursos para hacer la granaína y la media tan profunda y después jugar con la esencia de esos tangos de Badajoz en los que sonsacó las entretelas de sus orígenes. Me gustó por soleá; la taranta fue conmovedora y sólo al final rebuscó en los cantes de compás rítmico, como las alegrías, las bulerías y esos tanguillos gaditanos que aprendió con Mariana Cornejo. Se despidió por fandangos, el público puesto el pie, la afición contenta y Celia y Paco hechos un brazo de mar con esa sonrisa que ofrece la felicidad de la espuma del cante, tan esquiva, pero tan plena cuando nos roza. 


 o XXI JUEVES FLAMENCOS Cante: Celia Romero. Toque: Paco Cortés. Salón del Columnas del Teatro Bretón (localidades agotadas). Jueves, 30 de marzo de 2017. Esta crónica la he publicado en Diario La Rioja

ES DIVERTIDO SER DE CIUDADANOS

Es divertido ser de Ciudadanos. Según cómo salga el día, los estrategas de la formación anaranjada sacan la escuadra y el cartabón y comienzan a establecer las líneas maestras de su devenir parlamentario. Obviamente, con el nublo piensan distinto que con el anticiclón de las Azores: con el cierzo barruntan ‘a’; con el solano son más partidarios de ‘b’, y cuando el ventarrón cálido sopla como lo hizo ayer, abrazan un rato las consonantes líquidas y otro las haches inspiradas o las palabras esdrújulas. Es lo que tiene estar al día, pensar sin molestar para no molestarse en pensar; intercambiar las ideas mejor que albergarlas, convenir para no discutir, dar la razón para evitar en la medida de lo posible fijar una posición. Hoy me siento Flex, mañana Pikolín. Y así todo. Ayer en el Parlamento llegaron a la cúspide de la flexibilidad. Tomás Martínez Flaño, portavoz de la causa naranja, dijo en el estrado que «somos partidarios de la libertad y comprometidos en su defensa, por eso estamos en contra de prohibir los toros». Así que acorde con su estrategia incomprensible para el resto del mundo que no sean ellos, se abstuvo, exactamente como hizo Podemos. En la toma en consideración de la ILP Animalista del año pasado, como «las tradiciones taurinas no deben censurarse o prohibirse utilizando una vía administrativa contraria a derecho», votaron a favor. Todo muy razonable y lógico en la lógica de la anaranjada formación y sus espumosos analistas políticos. Yo, que muy listo no soy, no les termino de coger el aire. Lo intento pero no puedo discernir en el sudoku de su razonamiento algo parecido a la coherencia. Quizás es que se han instalado en la posverdad y piensan que vale todo. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja