PAREZCO RAJOY

No sé qué me pasa últimamente pero siento como una especie de languidez que me penetra por el costado, se enrosca a la columna vertebral y se deposita en mi cabeza más o menos a la altura de dónde dicen que brotan las ideas. En mi caso, donde brotaban, porque aunque me he considerado siempre más ingenuo que genio, de vez en cuando alguna ocurrencia se precipitaba entre las rendijas somáticas de mis hemisferios. Pero ya no, ya no se me ocurre nada. Estoy más perdido que Sabina con sus musas con varices; más desconfiado que José Ignacio Ceniceros con sus compañeros de partido y más despiadado con mi porvenir que el futuro de Errejón en el muy íntimo círculo de poder de Pablo Iglesias. Los precipicios no me escandalizan porque camino por la sima de los vacíos, como Zapatero con zapatillas sentado con el hipócrita Maduro en chándal. Portadón de ‘Abc’, por cierto; portadón y papelón de José Luis Rodríguez, que cuando no es inspiración de Susana se convierte en tormento de un Sánchez que anda por las provincias españolas discerniendo cuáles son nación y cuáles no. Habrá que preguntarle este fin de semana en Aldeanueva si La Rioja es nación de la España plurinacional o se queda en patria chica de los que la habitamos. Tanto más da, dirá, porque en realidad tendremos que ser los riojanos los que decidamos si somos país, región, nación o imperio, que es lo mejor que podemos ser con esos callos del Echaurren como hecho diferencial y esencial de nuestro carácter. Ya se me ha vuelto a ir la olla, parezco Rajoy, tan de perfil, tan como ausente de todo, estando por estar, y dejando las cosas importantes en manos de su fidelísima Soraya, su otro yo, la del pacto oscuro y tenebroso con Puigdemont. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

AQUÍ NUNCA PASÓ NADA

La casa de aperos como síntoma de lo fútil que es la política riojana. No son aperos, mi señor Don Quijote, que donde usted cree ver azadas, azadillas, azadicos, zachillos garbanceros, guadañas, zurrones o bieldos, en realidad dicen que le ha soplado un fiscal a otro que no han levantado por lo bajini un señor chalé, con amplios dormitorios, solarium, jardincitos y hasta aseos con agua caliente, bidés varios y alicatados de los que quitan la respiración. Vieja historia en La Rioja, sonidos resabiados y ecos rancios de una época no tan lejana que no quiere extinguirse o que no quieren que se muera. Y al fondo del pasillo de la hiperbólica casona de Villamediana –que me recuerda al fortín de Ben Laden en Abbottabad– el próximo congreso regional del Partido Popular, con el dueño del susodicho chalet en el vórtice del huracán y en las grotescas portadas de los papeles de la ira de Madrid. Ahora, con el debate de la alta política del siglo XXI, que consiste en discernir el ir y venir de las órdenes entre los fiscales, vuelve a florecer el expresidente regional, que sigue gobernando el PP local y que resiste heroicamente en la vicepresidencia del Senado. Y el Palacete de Vara de Rey al fondo, que no es chalet aunque parezca en ocasiones casa de aperos, con sus azadillas, sus azadicos y hasta alguna que otra guadaña sobrevolando los despachos como si fuera un búmeran, porque donde las dan las toman y es preciso coger sitio fetén de cara al futuro que está aquí ya mismo. Unos callan y otros también. Es más, a Sanz le preguntaron en TVR por el asunto y dijo aquello de Jordi Pujol: «Hoy no toca». ¿Se acuerdan? Es decir, la casa de aperos como síntoma de que aquí nunca pasó nada. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

NO BUSQUEN CERTIDUMBRES

Es invierno. Aprietan los aires revueltos. El frío se encarama por los tobillos prietos, por la taleguilla y como un caracol se introduce por la espalda breve y las costillas recompuestas de tantos palizones. Manos de fibra, dedos cincelados, de hueso duro pero de yema táctil como la nata, como las muñecas antiguas que se retuercen cóncavas y convexas para fusionar cada célula del hombre con la urdimbre inconsciente de las telas. Son dos arquitecturas microscópicas, dos eslabones perdidos que cuando se fusionan describen una gramática que supera al silencio y al tiempo para rescatar de los anaqueles más remotos las huellas de una manera de hacer que se escabullen en el compás más profundo de los viejos maestros. Me gusta imaginar cómo entrena Urdiales en las mañanas grises de invierno. Cómo estira su capote y lo mece sin temblor entre las caderas ateridas con el tranco imaginario del toro que en ese momento le acontece. Hay toros invisibles que disimulan que lo son pero Diego los ve venir, como los ha visto desde siempre. Por eso se suele deshacer de ellos sin jeribeques y a otra cosa. El invierno es granito, de toreo clandestino de plaza vacía, olés íntimos, zapatilla y manta por las veredas sin persignaciones. Cavilaciones, miradas secretas, toda la mente se enciende como por ensalmo. Caminata para que bombee el corazón y se llenen de calma los pulmones. Sudor con frío a la sombra, agua de nieve que llevarse a la boca para que sonría la primavera. No busquen certidumbres, aquí solo vale la vida, darse a ella sin pausa ni palabras trémulas que nos quiten el miedo. Es el toreo, nadie ha dicho que ésta sea la última palabra. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

SUICIDIO

Que se desplome la Casa del Cuento tiene algo poéticamente seductor, más allá de lo pomposo del nombre y de lo que pueda dañar a las siempre ávidas arcas municipales. En Logroño somos peritos en casas, tenemos la de las ciencias, la de los periodistas (nótese el plural de ambas), la de la imagen, la de Andalucía, la de la danza y aquella de las tetas, que recibía el apelativo popular por las muchas cariátides en cueros que sujetaban balcones y adornaban ventanas y que a la postre quedó en el arcén del olvido de la inquieta piqueta logroñesa. La ciudad ha acribillado buena parte de su patrimonio sin complejos, por esa absurda creencia en el progreso de tabula rasa, de tierra quemada. La Casa del Cuento, nombre grotesco donde los haya, creo que ha tomado la sabia e inapelable decisión de suicidarse. Violada por dentro, sujetaron su piel a base de una suerte de andamios que la hacían volar y permanecer como si no hubiera pasado nada. Ella se sabía disecada, congelada en el tiempo y querían los arquitectos que pareciera la misma de siempre, pero no... Estaban cometiendo con ella (la casa, el chalet o el colegio de parvulitos) una especie transfiguración traicionera. «Dejan mis muros ajados para sostener la memoria pero me vacían por dentro porque soy una inútil. Les sirve mi piel pero no mi alma, me sostienen de mentira pero borran mi rastro. Así que me suicido», barrunto que pensó. Y eligió una tarde de invierno que no hacía ni frío ni calor, una tarde seca, sin viento para que el polvo de la catástrofe no molestara demasiado a los vecinos y la oposición tuviera algo que decir de la ausente Cuca. Ha dejado claro que se quiere morir, pero tengo para mí que nuestros munícipes querrán seguir sosteniendo su rescoldo con nuevos trampantojos arquitectónicos, con más palabras y definiciones vagamente literarias. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

MORIRME

Sé que cada día estoy más cerca de morirme y me atormenta la certidumbre que me acompaña de saber a ciencia cierta que he vivido ya más –b...