DEBUSSY ME HABITA

Reverie de Claude Debussy tiene el raro afán de transportarme a una especie de ínsula imaginaria que además de protegerme como una coraza, me aísla para que no me arañe la realidad, mejor dicho, las realidades inventadas que me acosan. Existen mundos paralelos que no nos tocan y por eso no les temo. Con los años me he ido dando cuenta de que me incomodan más los mundillos que el propio mundo, universos esquemáticos poblados la mayoría de las ocasiones por el típico sabio del tópico, aquellos ‘flamencólicos’ que decía Paco de Lucía porque le amargaban, tipos que sienten la peor de las nostalgias: amaron una novia a la que nunca llegaron a tocar o a un vino que jamás cataron ni catarán. Pero para esta gente no hubo ni habrá hembra más hermosa ni caldo con mejor concentración de taninos. Como decía Agustín García Calvo del mundo que yo no viva... Debussy en la ‘Serenata para Miss Dolly’ hace que los brazos del pianista rayen la inconsciencia mecánica, una especie de subyugación por el estilo abandonando casi la forma. El tiempo y el ritmo se convierten en un tortuoso camino impredecible. Entonces ya no me siento en la ínsula, desciendo a mi propio yo más arrinconado y oscuro. Me he dado cuenta sin saberlo de que cuando toco el piano de mi hermana sueno a Debussy, introduzco mis notas ágrafas en esa especie de divagación que supera cualquier mundillo amorfo (prefijos y sufijos incluidos) y me echo a reír relamiendo mi mala suerte por la angustia que siento en mi alma cuando no me entiendo, cuando no soy capaz de comprender que lo natural es lo más infrecuente. Esa realidad paralela quizás sea yo mismo buscando subterfugios para tratar de comprender que cuando más claro lo veo todo es que no soy capaz de entender nada. Exactamente al contrario de los listos que me rodean. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja


For Tomás

Un vídeo publicado por Pablo García-Mancha (@pablogmancha) el

PENSAMIENTO MASCOTA

No salgo de mi asombro últimamente con muchas cuestiones lejanas y cercanas. Hace unos días las autoridades del Parque de Yellowstone tuvieron que sacrificar a una cría de bisonte después de que unos turistas la metiesen en su camioneta y la llevasen a las oficinas del parque porque pensaban que tenía frío... Los especialistas de Yellowstone intentaron por todos los medios que la cría fuera admitida de nuevo en la manada, pero la mamá bisonte, terca como una mula, se negó a acoger en su seno al pequeño recental. La cría, abandonada y rechazada por sus congéneres, fue finalmente sacrificada porque se acercaba a los coches de los visitantes causando diversos problemas en la seguridad del parque. Pero más allá de su desgraciado final, conviene detenerse en la mentalidad de contemplar a todas las especies por el rasero más cercano que tenemos: el de la mascota. Otorgar a los animales nuestros prejuicios es la derivada más sutil de la solemne incomprensión que tenemos las personas con el resto de las especies. Hay una tendencia a igualarnos con ellos, a ponerlos en planos paralelos otorgándoles valores exclusivos de los seres humanos. Pero no, la bisonte desdeñó a su cría porque su interacción con las personas hizo imposible su regreso a la manada. ¡Qué falta de humanidad de la madre bisonta con su pequeño y aterido hijo!, ¡qué poco amor! ¡qué falta de sensibilidad! Pero no, la naturaleza se rige por el principio de la supervivencia: alimentarse para vivir y procrear. Ésta es la clave, y cualquier cosa que se interponga a ese fin –lazos familiares incluidos– será destruido. No podemos humanizarlo todo, ofrecer nuestro mismo rasero allá por dónde vamos. La bisonta estará ahora en celo, esperando un macho que la fecunde para proseguir con su fin sin que nadie se lo pregunte. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

NO ME QUEDAN SITIOS PARA LLORAR

A veces pienso que en Logroño apenas me quedan sitios para llorar, lugares remotamente cercanos para que la memoria se desoriente embozada entre mis recuerdos de aquellos grupos de viejillos que paseaban como deambulando hacia ninguna parte y que tanto echo de menos ahora, cuando las calles se entreveran de ciclistas y ‘runners’ adosados a sus auriculares de estaño. Hace unos días me dio por hacer un experimento entre ridículo y cochambroso: me fui a caminar tratando de ser una de esas estatuas relamidas por la herrumbre del tiempo y pasar desapercibido y contemplar una ciudad que cada día se encuentra como más deshabitada, más lejos de sí misma, centrípeta y rodeada de decenas de seres autómatas embutidos en su propia soledad. Cuanto más moderno es el paisaje más aburrido me parece todo, más me cansa esa sucesión de calles anchas y parques vacíos sin niños ni viejos. Recuerdo que cuando iba a parvulitos logré la hazaña más grande de mi existencia. Uno de mis abuelos se olvidó de ir a buscarme y fui capaz de ir solo desde las Escuelas Trevijano hasta los confines de Avenida España. Aquel día me sentí una especie de Zalacaín el Aventurero trepando en solitario por la Gran Vía y cruzando los semáforos a sabiendas de que quizás, algún malvado malviz quisiera secuestrar a aquel perillán de piernas raquíticas y temblorosas que un día fui. Pedí agua en la cafetería Niza de Vara del Rey; ni me atendió el camarero (nunca se me olvidará). Pero recuerdo que al lado de casa de mis padres, el señor Mundo, alma máter de Bar Bodeguina, sació mi sed y me dejó recoger del fondo de la barra de su bar todas las chapas que quisiera. Llené el estómago de aquel líquido de pozo sin tuberías y mis bolsillos de promesas. Era el más valiente de mis amigos, el único capaz de cruzar el Serengueti con luna nueva. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

EN LA CÁMARA ME QUEDÉ HELADO

Aunque justo se cumple una semana del debate sobre la toma en consideración de la ILP ‘animalista’ por el Pleno del Parlamento de La Rioja, les confieso que el estado de consternación y sonrojo en el que entré en la tribuna de invitados de la regional cámara no me ha abandonado. Mucho más allá de la aritmética parlamentaria y de la pesadez argumental y formal de la vida del hemiciclo, me quedé alucinado por las tribulaciones, muecas y pesares de muchas de sus señorías, las parlantes y también las ‘culiparlantes’. El lenguaje en el que se interpelan entre ellas, el llamado ‘politiqués’, se define más allá de su carácter de germanía o jerigonza, por una sucesión de frases concatenadas, generando oraciones incomprensibles que giran y giran como una peonza enmarcada en una sucesión interminable de gerundios ‘a la americana’ y de galicismos en forma de infinitivos para terminar hablando como toro sentado: «decir», «exponer», «ofrecer»... Hubo algún que otro faraón –que me dijo al oído que me seguía en tuiter– que se sintió ofendido porque este periodista no se mostró alborozado en las redes sociales por la intervención de una de las portavoces. Si no piensas como ellos no eres para ellos otra cosa que su enemigo. A veces los políticos creen que sólo se puede respirar al ritmo de su latido, o su berrido o su bufido; cosa que hizo otro portavoz cuando se rebajó al barro de la pornografía para argumentar (es un decir, claro) su impostura. El político vive de contrastes y los suele utilizar como puños: con un abuelo veía los toros; con el otro ‘La bola de cristal’. Qué hazaña, me dije. Eran las dos Españas machadianas de las que no somos capaces de salir por mucho que Rebeca Grajea (de Ciudadanos) hablara sin parar como si estuviera redactando un trabajo de sociales del que confieso que no pude entender absolutamente nada. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

MORIRME

Sé que cada día estoy más cerca de morirme y me atormenta la certidumbre que me acompaña de saber a ciencia cierta que he vivido ya más –b...