SÁNCHEZ SE LA JUEGA

Hoy voy a empezar esta columnita navideña con una obviedad: Podemos no ha ganado las elecciones (aunque lo parezca). Es inobjetable que ha logrado un extraordinario resultado en el que no conviene olvidar que hay que sumar a las amalgamas electorales que tienen en Galicia, Cataluña y Valencia, sobre las que Pablo Iglesias no posee ese poder absoluto con el que arrasó desde Madrid a la primera ejecutiva riojana, laminada y expulsada al frío glacial de la disidencia. Podemos va a contar con varios grupos parlamentarios en el Congreso y con cuatro cabezas dispuestas a merendarse en dos días a Pedro Sánchez por la mañana y a César Luena minutos después, si es que deciden lanzarse a formar un gobierno conjunto de la cosa de la izquierda. Sería una coalición endemoniada, con PSOE, Podemos, IU y algún estrambótico socio más (tipo ERC), que tendría consecuencias imprevisibles, entre ellas la destrucción absoluta de un PSOE raquítico y dependiente de los más radicales para conformar un gobierno nacido para morir, si es que nace. Pablo Iglesias ha demostrado que es un gran táctico y quiere el poder a toda costa y para ello sabe que necesita fagocitar el espacio socialista. Sánchez está en una encrucijada terrible. El adelanto electoral se lo puede llevar por delante casi con la misma virulencia que un acuerdo con el colectivo morado, a sabiendas de que en el primer encuentro no puede desparramarse ante Rajoy. La situación es compleja hasta el extremo y el cordel más débil es al que se agarran Sánchez y Luena, que además de jugarse su futuro político, están a un paso de lanzarse por un barranco al que pueden precipitarse ellos, su formación y la propia España. Quizás sea el momento de hablar de consensos, de pactos y de formar una gran coalición con compromisos de reforma serios. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

Doriyaki del alma

Todo puede cambiar alrededor de un sencillo bollito japonés llamado Doriyaki, un bizcocho pequeño y redondo relleno de un dulce de judías llamado 'anko' que transformó para siempre el alma de Sentaro, un pastelero que no le gustaban sus propios dulces y que descubrió la razón más íntima de la vida gracias a una anciana llamada Tokue, que le enseñó que cocinar es mucho más que poner en práctica una receta con más o menos tino. Éste es el humus de 'Una pastelería en Tokio', una película japonesa dirigida por Naomi Kawase, en la que la cuestión gastronómica recorre como una columna vertebral un argumento que se desliza a través del alma de Tokue, su durísima historia personal y ese amor insondable con el que elaboraba el 'anko' para transformar una sencilla pasta de judías en algo extraordinario, en un viaje infinito a los sabores y al encuentro del corazón del propio producto, tan sencillo, tan pobre, tan delicado. Sentaro compraba el 'anko' precocinado y se limitaba a elaborar el bizcocho y rellenarlo después con un sentido rutinario de la existencia mientras se agolpaban los días en su calendario con la monotonía de una vida que se le estaba yendo sin apenas darse cuenta. Su Doriyaki apenas se podía comer; él sencillamente lo detestaba. Tokue, la anciana, le enseñó hacerlo, a mimarlo, a cuidar y hablar a las judías mientras las preparaba en dos horas de intenso trabajo de fuegos, aguas, temperaturas y caricias. A mí me recordó a esa forma en la que Marisa hace sus pochas e incluso cuando les echa un poquito de agua fría «para asustarlas». Marisa mima su cocina igual que Tokue. Dos tradiciones gastronómicas alejadas en el tiempo y en el espacio. Marisa en Ezcaray, cuidando cada detalle, cada pliegue de sus recetas; Tokue en Tokio, disfrutando mientras elabora el 'anko' y enseñando al pastelero melancólico a vivir y a cocinar. En esta película uno se da cuenta de que son siempre la misma cosa, tanto a la sombra de un hayedo de Ezcaray como con la brisa que mece los cerezos japoneses hasta que desaparecen todas y cada una de sus blanquísimas hojitas. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja.

FORTITUDE

A veces creo que vivimos en Fortitude, en un formidable mundo construido a base de realidades paralelas y apariencias a través de las cuales las mentiras van deslizándose entre nuestras neuronas para encontrar ese falso acomodo que tiene que ver tanto con la insatisfacción como con nuestra pereza. Celofán, maniquíes, globos, plásticos y tubos de madera utilizaron a mansalva los estrategas aliados en la operación Fortitude para confundir a los generales nazis y ocultarles de todas las maneras posibles que la invasión no iba a ser en las playas de Normandía. Se inventaron divisiones con miles de tanques hinchables, aviones, tropas inexistentes, generales de pacotilla, soldados invisibles, cañones de cartón piedra... Todas las mentiras eran lícitas para confundir al enemigo. Ahora, en plena campaña de rapiña, la operación Fortitude se vuelve a multiplicar hasta límites infinitos de acostumbradas mentiras, de retóricas huecas de los candidatos de esa voluntad que indefectiblemente desemboca en el desconsuelo primero y en la hartura después. Los analistas analizan las oraciones sin verbo; los adjetivos hueros, las subordinadas encurtidas, su caer de ojos, la manera en que se insultan en este todo vale de mentiras y poses, de retruécanos y encuestas. Los candidatos muestran sin pudor a sus señoras con las puntas del cabello calcinadas, beben vino en La Laurel, estrujan el moflete de un niño y se suben a una parada de autobús y lanzan una proclama tan vacía los unos como los otros. Los fotógrafos se arremolinan y disparan. Los candidatos de este Fortitude mediático mueren porque les disparen y rebote en su nariz la congelada luz de los flashes. Iluminados en un instante, sólo en ese preciso momento en el que les achicharran la cara con el foco para que se les vea y no los distingamos, como en Fortitude. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

KIRO VUELA ALTO

La sensación que voy a tratarles de describir la he tenido en contadas ocasiones. No sabría cuántas, pero muy pocas. Conozco a Félix Jiménez desde hace unos años y cuando me desveló que su sueño era abrir en Logroño un restaurante clásico japonés para diez personas lo primero que pensé es que estaba perdidamente loco. Poco a poco fui conociendo el proyecto, sus ideas, sus nigiris y al llevármelos a la boca comencé a comprender que Félix llevaba razón y que su locura no era la de un orate iluminado sino la de un verdadero apasionado de la gastronomía dotado de un mensaje y de un proyecto conmovedor no por su extraordinaria singularidad -que también- sino por su pasión, por una vocación irrefrenable y por un gusto exquisito en todos los sentidos que hace que cada una de sus recetas sean, además, una auténtica belleza. El fin de semana pasado me estrené en Kiro como un simple cliente dispuesto a disfrutar de la cocina japonesa de Félix Jiménez y desde el primer momento, con ocho desconocidos en mi misma tesitura, comencé a alucinar por la pureza del concepto gastronómico que propone y por la sublime calidad tanto del producto como de unas elaboraciones que con sumo cuidado iba depositando frente a nosotros. La misma sencillez de líneas que decora al local se atisbaba en cada uno de sus medidos pasos dentro de la barra. Esa manera de tocar, acariciar y cortar el pescado, de conseguir las bolitas perfectas del arroz o la belleza de los cuencos artesanos de Toño Naharro (que acompañan todas y cada una de las elaboraciones de este cocinero tan especial) son capaces de transportar al cliente a una especie de estado de irrealidad emocional, sacándote del contexto de la rutina cotidiana y logrando, a poco que uno sea sensible, introducirte en una esfera de placer único. Es un privilegio para la cocina riojana y para Logroño contar con un espacio único en su especie como Kiro, tan puro, tan distinto a lo convencional. Estoy convencido de que será un imán para amantes de la gastronomía y que habrá muchos viajes a La Rioja para gozar con los nigiris de Félix Jiménez, el gran valor emergente de nuestra cocina. # Este artículo lo he publicado en Degusta La Rioja / Diario La Rioja

SORAYA Y LA FALSA MONEDA

Existe algo en Soraya Sáenz de Santamaría que me confunde (y estremece) pero no sabría explicar exactamente qué es. He pensado que quizás sea esa forma que ha tenido de estar presente al lado de Mariano toda esta legislatura como si apenas estuviera, parapetada en las ruedas de prensa del Consejo de Ministros, pero moviendo casi todos los hilos de las diferentes políticas populares en el Congreso y especialmente con ese control de los medios que le ha llevado a decapitar periodistas y lograr tejer diferentes redes de intereses difusamente cristalinos especialmente en el mundo de las televisiones y diferentes entramados mediáticos. El pasado lunes, en el anunciado por ‘Atresmedia’ como la madre de todos los debates, Soraya fue aniquilando a sus oponentes con un talento ancestral y una superioridad insultante. Primero al despavorido Pedro Sánchez (que cayó a sus pies como un pelele); después a un atribulado y desconocido Albert Rivera (candoroso y difuso como nunca) y durante todo el debate a Pablo Iglesias, empeñado en ir contra Sánchez sin darse cuenta de que sus bases cuando crepitan de verdad es contra el PP de Aznar y la guerra de Irak. Soraya, que iba en calidad de Mariano y era la ‘no-candidata’ en el debate de candidatos, obró con magnífica heterodoxia para triturar sin demasiada literatura a los tres paladines del cambio: al alto desnortando; al bello confundido y a la coleta empecinada. Aznar puso a Mariano y Mariano pondrá a Soraya para cerrar el círculo de los que dicen que Soraya es igual que Mariano. Se equivocan. Soraya es la depuración más sobresaliente del marianismo; tanto es así que cuando sea inquilina de la Moncloa nadie recordará aquel debate al que asistió como falsa moneda ni que un día Pedro Sánchez se convirtió en el peor candidato del PSOE a la presidencia del Gobierno. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

MORIRME

Sé que cada día estoy más cerca de morirme y me atormenta la certidumbre que me acompaña de saber a ciencia cierta que he vivido ya más –b...