LORENZO

Lorenzo Cañas. Foto: Justo Rodríguez
El Ayuntamiento de Logroño aprobó ayer conceder la Medalla de Oro de la ciudad a Lorenzo Cañas, uno de los personajes más extraordinarios de cuantos he conocido en mi vida y no por su categoría como cocinero (que es gigantesca), sino por algo mucho más importante: por su absoluta grandeza personal, por eso que se suele denominar como bonhomía (afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento) y que en el caso de Lorenzo viene siendo un reflejo de sus quehaceres cotidianos desde que lleva dando guerra en este valle de lágrimas. Lorenzo, como me dijo un día Pedro Subijana (uno de sus grandes amigos), representa la esencia de la cocina, del trabajo y de la generosidad. Es cocinero desde el amanecer hasta las últimas claras del día, y bien entrada la noche, cuando para de trabajar (si es que en algún momento es capaz de hacerlo), te cuenta mil y una anécdotas de cómo se cocinaba en el Gran Hotel, o el Amparo de Madrid, en Zalacaín, en Horcher o en tantos sitios donde le respetan y le aman generaciones de cocineros contemporáneas suyas o de jóvenes chefs que ven en su ejemplo la fidelidad y el amor a una profesión que lleva dignificando durante décadas. Todas las reseñas hablan de que La Merced fue su gran obra y no mienten; pero más importante que aquel restaurante (considerado en su momento por los críticos como uno de los diez mejores del mundo) es la inmensidad de su legado. Eso por un lado, y por otro, la forma en la que fue capaz de sobreponerse a su fracaso económico y renacer de la ruina con nuevo restaurante esplendoroso y sin la más mínima mota de rencor. Su cocina es la más limpia del mundo (se puede comer en el suelo) y es así porque como comentaba Mikel Zeberio a un grupo de alumnos del Basque Culinary Center, es puro reflejo de su corazón. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

EL FRANQUISMO ERA ESTO

Estamos hartos de pagar impuestos para darlos a Madrid / Queremos ya la independencia, se nos acaba la paciencia / ¡Que Rajoy se joda ya!». Éste es el estribillo de un singular villancico compuesto en el colegio Carme Vedruna de Manlleu (Barcelona) para la tradicional función de los ‘Pastorets’, que celebran todos los años por Navidad. Desde las altas instancias del colegio se asegura que «la letra salió de los propios alumnos», muchachos de entre diez y once años que al parecer han asumido hasta el tuétano las reivindicaciones separatistas de Mas, Pujol y Junqueras con una naturalidad inopinada y con una fe en la religión separatista mucho más propia de fórmulas educativas totalitarias que de un país democrático como se supone que debiera de ser Cataluña. Se imaginan que los niños de Vuelo Madrid Manila, por decir un cole, salieran de clase cantando: «¡Pedro y Cuca son nuestros faros de Alejandría / gracias a ellos crecemos más cada día / El uno con su energía, la otra con su alegría!». Se lo imaginan. Seguro que aparecería Logroño hasta en las noticias de la CNN y que el señor Cintora destacaría en El Espolón un ejército de ‘cameramans’ y reporteros para dar cuenta al mundo de tamaña provocación intelectual, moral y democrática, que son ese tipo de palabras rellenas de crema pastelera que tanto gustan en las tertulias de Madrid (acabado en ‘t’). Mas pasa en la Cataluña soberanista de Mas y apenas sucede nada, una nota a pie de página, un escandalito y fin. Sin embargo, a mí todo esto de utilizar a los niños para argumentar cuestiones políticas en plan fervorín no sólo me parece una ridiculez sino una absoluta falta de decencia democrática. Durante el Franquismo se hacían cosas de este tenor, posiblemente tan zafias, pero las hacía un general espadón y autoritario, no supuestos demócratas. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

YO, ROBOT

Ha dicho el físico británico Stephen Hawking que el desarrollo de la inteligencia artificial podría significar el fin de la raza humana. Y ha ido más allá: «Los humanos, que están limitados por la evolución biológica, no podrían competir y quedarán suprimidos por los robots», como en Terminator, donde no se sabe muy bien cómo, un engendro del futuro enviado por el hijo de un padre que todavía no había nacido llegó a la tierra a través de una oclusión espacio-temporal desde el porvenir para matar a un tatarabuelo suyo que en unos meses iba a cambiar los designios de la humanidad al crear un chip capaz de suplantarnos o algo así. De tal manera que al bicho mecánico y biónico no le quedó más remedio que coger una ametralladora y pasarse la película entera reventando a tiros a cuantos se ponían por delante. Es decir, inteligencia artificial en su máxima expresión, como la de más de uno de los radicales del Frente Atlético o de Riazor Blues, que a pesar de que ellos mismos no lo sepan y acaben matándose por ninguna causa, la realidad es que son del mismo equipo de descerebrados. «Con la inteligencia artificial estamos invocando al demonio», apuntaló Stephen Hawking. No tengo ni idea si lleva o no razón el físico, lo que sí sé es que la inteligencia actual, más allá de su artificialidad o no, lo que me parece es precaria: no hay argumentos, hay superestructuras emocionales que todo lo arañan, un especie de turbamulta de engendros de silicio y níquel que han logrado que en los bares no se hable como haya wifi o cobertura. Ni se habla ni se fuma. No hay lengua que mover ni pulmones que proteger. Bien mirado, a lo mejor es bueno dejarse llevar por los robots asesinos de Hawking, que nos consientan todo y cuando les hartemos, que nos atraviesen el gaznate con un cilindro heliocéntrico y, por su puesto, inodoro. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja