FARGO

Aunque soy más cinéfilo y novelesco que seguidor de series televisivas, confieso que me he enganchado a Fargo y que una vez devorados todos los capítulos de forma compulsiva a través de toda suerte de plataformas –incluido el móvil–, ya padezco un síndrome de ausencia y de vacío terrible sin Lester Nygaard y Lorne Malvo asesinando y asesinándose en esa especie de atmósfera estúpida y congelada en la que se desarrolla esta inverosímil trama naturalista inscrita en la América más que profunda de los hermanos Cohen. Hay como un rencor de muerte en esta antiepopeya del hombre. La autocomplacencia de personajes aparentemente bobos y sin doblez hace que se transmuten en asesinos de una pieza hurgando en cada secuencia de las diez horas de la serie un paso más allá en su insipidez para dibujar escenas tan absurdas como plausibles en esa lógica del aplastamiento de la conciencia en la que los hombres y las mujeres transitan de una sociedad ordenada y absolutamente jerarquizada a una especie de Estado de Naturaleza en el que desaparece cualquier brizna de compasión. Muerte que se acumula con la lógica de una lavadora ruidosa, muerte que acecha en un bar familiar donde no se sirven cervezas o en un lago helado y traidor; en un ascensor o en tu propia oficina cuando viene un matón y te arrastra hasta el maletero de su coche mientras tus compañeros se llevan la mano a la boca como no creyéndose lo que sucede ante sus narices pero realmente preocupados por los regalos del Día de Acción de Gracias. Fargo es, como diría Agustín García Calvo, el mundo que yo no viva, pero al revés. Un frío polar que congela las neuronas en un universo de revanchas y odios africanos en llanuras de nieve inacabables en las que nunca se sabe donde empieza el cielo o termina la tierra. Un Puerto Hurraco a la americana pero sin España negra. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

¡VIVA LA CONSTITUCIÓN!

De un tiempo a esta parte parece que la Constitución Española sea una rémora y una cruz que tengamos que soportar los ciudadanos como las ‘caenas’ del felón Fernando VII o las plagas enviadas por el Dios del Antiguo Testamento a los egipcianos. Uno lee los periódicos o contempla determinadas cadenas (esas sí que son ‘caenas’) y no hacen más que aparecer personajes reclamando romper el ‘candado’ constitucional o reformarlo federalmente (asimétricamente, claro) para que se queden unos que se quieren ir y a los que les importa un carajo la Nación y cómo se organice, siempre y cuando paguemos desde la que consideran metrópoli hasta el último euro de su impostura. Dice Pablo Iglesias que tiene un objetivo crucial: «La puesta en marcha de un proceso constituyente para ‘abrir el candado’ de la Carta Magna de 1978». Y es curioso, esa Constitución –a la que apenas nadie tiene bemoles públicos para defender– es la que ha propiciado los mejores años de la historia de España, la que nos sacó de una dictadura y la que nos puso a la misma velocidad de crucero que los países de nuestro entorno. Nunca, repito nunca, en la historia de este bendito país se había vivido con la paz, la libertad y el progreso como con esa ley de leyes a la que ahora denominan ‘candado’ con tanta frivolidad como falta de respeto a la historia y a las personas que han dado su vida por ella, entre las que se cuentan las centenares de víctimas de ETA asesinadas por el hecho de ser españoles y servidores de nuestro Estado constitucional. A nadie se le escapa que la Constitución contiene errores, incluso injusticias como los regímenes forales que dan privilegios a unos españoles sobre otros, pero de ahí a tratarla como se hace últimamente sin que casi nadie reivindique su grandeza me produce tanto dolor que no reparo un segundo en gritar: ¡Viva la Constitución! # Este artículo l o he publicado en Diario La Rioja 

o De la foto: Hacía apenas cuatro meses que Tejero había intentado un golpe de Estado cuando Antonio Olmos 'Chocolate', con 34 años, se lanzó de espontáneo en Las Ventas en la corrida de la Beneficencia el 11 de junio de 1981 presidida por el rey D. Juan Carlos. Sobre la arena torea el antiguo novillero con un Viva la Constitución estampado en la muleta por una parte y por la otra Nobel Paz para el Rey. Antonio Olmos ya era funcionario de le Generalitat Valenciana.

DERECHO A DISCREPAR

Desde hace cuatros años la Generalidad de Cataluña, máxima institución del Estado Español en dicha Comunidad Autónoma, y especialmente su presidente, Artur Mas, han emprendido un monumental desafío al resto de España con el planteamiento de un proceso separatista amparándose en el llamado «derecho a decidir» y en la «voluntad de un pueblo para votar». Ambos argumentos son enormemente poderosos, aunque llevan implícitos una falsedad de base puesto que España es un Estado de Derecho donde se vota y se decide en cada proceso electoral. Pero lo peor de todo es que no han tenido la más mínima respuesta en ese relato de ninguno de los partidos con más representación en la Cortes Generales, que se han mostrado abúlicos, inoperantes e incapaces de ofrecer una opción conjunta y democrática ante un Gobierno Autonómico que incumple reiteradamente las leyes y las resoluciones judiciales, que son la base de nuestro ordenamiento jurídico. Discrepo, y éste es mi derecho como ciudadano, del desamparo al que someten las principales instituciones del Estado a los catalanes que no son independentistas (parece que la inmensa mayoría a tenor del resultado del domingo) y que se sienten solos en una sociedad gobernada por una élite nacionalista en la que la no comunión con la fe patriótica supone irremediablemente pasar a la clandestinidad. Discrepo, igualmente, con la torva utilización de un falso referéndum al que se le ha dado carta de naturaleza (incluso en medios de comunicación públicos) rompiendo en añicos cualquier cosa parecida a la limpieza y neutralidad que ha de tener un proceso electoral. Discrepo, en fin, de la gigantesca mentira nacionalista y de la parálisis de nuestros gobernantes para no hacer cada día otra cosa que no sea el más espantoso ridículo. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

PODEMOS O EL VIAJE A LA NADA

Estoy fascinado con Pablo Iglesias, de lejos el político que mejor ha entendido que la ruina generada por la crisis, la corrupción y la incapacidad de regeneración del bipartidismo tenía sólo un camino para expresarse: la televisión. Iglesias ha sido capaz de crear a su imagen y semejanza una fuerza política inclasificable (más bien leninista, ojo) que aglutina con enorme talento mediático la agonía de muchos jóvenes a los que el sistema de partidos no les ofrece una respuesta eficaz a sus demandas ni el futuro los acoge en su seno con posibilidades de encontrar un trabajo mínimamente digno. Su mensaje es la rebeldía (sí hay futuro-’yes we can’) ante un modelo que ha explosionado definitivamente, sin una alternativa creíble, sin respuestas que no vayan un paso más allá de la demagogia, pero que han calado en una sociedad enrocada en la realidad de cada tétrico telediario. Y la tele ha sido esencial porque Iglesias ha surgido como una gran predicador inteligente que va exactamente al grano de la nada: «Hay que hacer leyes laborales que protejan a los trabajadores y que conduzcan a un aumento de los salarios para poder consumir». (Y tal). Pero hay más: «El sector financiero no puede estar en manos de buitres que sólo quieren forrarse a costa de todo el mundo», dice desde Podemos, que es el nuevo populismo a la española de la Europa mediterránea (’Syriza’, en Grecia; ‘MoVimento 5 Stelle’, en Italia y Marine Le Pen, en Francia), novísimos movimientos (con diferencias entre ellos pero con muchos nexos en común) que cuentan con muchas posibilidades de ganar sus próximas elecciones. ¿Se imaginan? Espero que alguien reaccione porque el panorama es aterrador. Por cierto, ahí les dejo una frase de Pablo: «Me gustaría que mis amigos catalanes se quedaran con nosotros». ¡Dios mío! # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

DEFINE EMOCIÓN

Una joya

Una foto publicada por Pablo García-Mancha (@pablogmancha) el

PEDIR PERDÓN ES INSUFICIENTE

Cuando Esperanza Aguirre salió a la palestra para pedir perdón por los casos de corrupción que están sepultando al PP y en concreto al de la Comunidad de Madrid con la ‘operación Púnica’, pensé que ya no valía, que no era suficiente pedir perdón. El miércoles, Mariano Rajoy pidió disculpas –que no es exactamente lo mismo que pedir perdón– y tampoco vale, como no es suficiente las lamentaciones de los socialistas por sus corruptelas o de los nacionalistas catalanes por esa clase cleptocrática que lleva años instalada en las instituciones autonómicas, locales y comarcales: Pujol, su infinitamente rica prole, Millet y ese inacabable etcétera al que parece haberse sumado ahora el alcalde de Barcelona y su millonaria cuenta entre helvética y andorrana. Ha llegado un momento en el que no vale el perdón y, por ejemplo, me hubiera creído a Aguirre –presidenta del PP de Madrid y posible candidata al Ayuntamiento– si ese perdón se hubiera sustanciado en su renuncia tanto a cualquier cargo orgánico dentro de su partido como a sus presumibles aspiraciones electorales. Siempre me he resistido a pensar que todos los políticos son iguales y sigo igual de convencido ahora como antes de que la mayoría de ellos es honrada. Sin embargo, el sistema de partidos es tan jerárquico que cualquier disidencia, por mínima que ésta sea, condena al rebelde al ostracismo; es decir, en muchos casos, al paro. Si el jefe ordena callar, todo el mundo se calla, aunque el lodo de la corrupción les esté llegando a la garganta porque siempre hay una especie de ‘bien mayor’ que proteger, que es el poder, tanto dentro de la máquina electoral como cuando se pisa moqueta. Pero a estas alturas, en pleno naufragio, su irresponsabilidad es tan escandalosa que están abriendo una vía de agua para que crezcan alternativas populistas que depositen al país al caos de la ingobernabilidad. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja.

MORIRME

Sé que cada día estoy más cerca de morirme y me atormenta la certidumbre que me acompaña de saber a ciencia cierta que he vivido ya más –b...