Ignacio Echapresto: «Lo más difícil en cocina es lograr la identidad genuina»

Venta Moncalvillo ha renovado la estrella y Echapresto dice que el premio le ha servido para mejorar la técnica y hasta la gestión de su equipo

Ignacio Echapresto ha vuelto a renovar su estrella Michelin. Desde fuera puede llegar a parecer algo rutinario, pero como él mismo cocinero explica «la realidad es que sigue siendo un gran logro y la constatación de que el trabajo que hacemos sigue en la buena línea».
-¿Llega a agobiar la evaluación anual de la guía roja?
-No es agobio. Uno sabe que tiene una responsabilidad y lo que tiene que ser es fiel a sus principios. En ese sentido yo me debo a mis clientes, que son las personas que nos evalúan cada día. Lo que sucede es que al tener esos reconocimientos se opina más de nuestra cocina: en la prensa, en las redes sociales y en las páginas gastronómicas.
-¿Le ha cambiado la estrella su forma de cocinar?
-Creo que ha habido una evolución a lo largo de estos años en cuanto a técnicas, presentaciones y hasta en la dirección del equipo. Un restaurante es fruto de un trabajo compartido y yo me siento muy orgulloso de mi gente; eso es algo primordial. Creo que también me he detenido especialmente en la búsqueda de mi identidad a sabiendas de que en un cocinero lo más difícil es lograr la identidad genuina, el estilo propio. Esos cocineros que lo han logrado se cuentan con los dedos de una mano.
-¿Hay mucha diferencia entre su cocina y la de Francis Paniego con la del resto de los restaurantes riojanos?
-Las decisiones de las guías son siempre subjetivas; creo que en La Rioja hay grandes cocineros y restaurantes que no tienen estrella y que la podrían tener. También digo que cuando salgo por ahí me encuentro tanto con sorpresas muy gratas como con decepciones. Un trabajo como éste es una cuestión de largo recorrido y lo que no hay que hacer es trabajar buscando premios o estrellas, con el trabajo bien hecho llegan. Nosotros empezamos desde muy abajo y vamos logrando poco a poco las cosas que queríamos, aunque soy muy consciente de que tenemos que seguir mejorando y evolucionando. Mi receta es trabajo y trabajo.
-¿Es aventurado decir que existe una cocina riojana contemporánea?
-Creo que no; existe y ahí están los ejemplos. Me gustaría que los cocineros de aquí nos reuniéramos más para tratar de esta cuestión y explicar en conjunto lo que sentimos y nuestras percepciones; de hecho lo hablamos una vez en Eurotoques, pero por una u otra cosa no lo hemos hecho. Quizás haya llegado el momento.
-Su madre Rosi sigue a su lado. ¿Qué significa para usted?
-Es mi maestra con mayúsculas, además me transmitió todo el amor que ella siente por la cocina.
-Y su hermano.
-Carlos es esencial, tiene una pasión desmesurada y conozco a pocas personas que vivan esta profesión con su intensidad.
-¿Qué le parecen las dos estrellas de Francis?
-Me alegro una barbaridad. El tipo es un figura total, un cocinero que le ha dado la vuelta a su casa y a su cocina. Lo admiro, lo quiero y estaba convencido desde hace dos años que esas dos estrellas eran cuestión de muy poco tiempo.
-Y Lorenzo Cañas.
-Un genio no reconocido. Es todo bondad, siempre hemos tenido la puerta abierta de su casa.
-Suele ir por el Celler de Can Roca. ¿Qué le parece Joan Roca?
-Se me pone la carne de gallina al hablar de él. Es impresionante su calidad humana y profesional, para mí es el más grande; es uno de los cocineros que más me han impactado en mi vida, aunque haya otros maestros esenciales en mi carrera como Hilario Arbelaitz o Nacho Manzano.
-¿Qué le parece DiverXo?
-No conozco a David pero sí su cocina y me parece muy rompedora. Ha apostado y ha acertado, creo que es muy bueno y lograr tres estrellas siendo tan joven es algo increíble.
# Esta entrevista la he publicado en Diario La Rioja.

Francis Paniego: «Sólo quería ser un buen ayudante de mi hermano»

«Quiero ser feliz haciendo mi trabajo con mi gente», así relata sus sensaciones Francis Paniego, el primer cocinero de La Rioja con dos estrellas Michelin

El restaurante Echaurren era ayer un hervidero. Francis Paniego estaba desbordado con mensajes, abrazos, llamadas de amigos, periodistas, colegas de la profesión. Recién llegado a La Rioja desde Bilbao, con dos estrellas Michelin bajo el brazo, sólo repetía que «quiero ser feliz y hacer feliz a mi gente y a las personas que vienen a comer aquí».
-¿Cómo se siente con la segunda estrella?
-Estoy realmente contento por todo lo que significa. Yo, en realidad, sólo quería ser un buen ayudante de mi hermano porque estar a su lado era la ilusión de mi vida. El destino nos jugó a toda la familia una mala pasada y me colocó a mí en un lugar que no merecía. Recoger ahora el fruto de tanto trabajo y de tantos sueños me pone la piel de gallina porque sé lo que son los sinsabores de la vida y el sufrimiento de una familia. Cuando llega un momento tan bueno como éste hay que saberlo disfrutar y la realidad es que ahora lo estoy pasando como un enano.
-¿Qué es el Portal?
-El Portal lo veo como un sueño, el proyecto inaudito de hacer un restaurante al lado de otro restaurante siendo el mismo y distinto a la vez; también es el desarrollo del proyecto que no pudo materializar mi hermano Luis –no puedo parar de recordarle, ésa es la verdad– y en el fondo, como un paso más en la trayectoria de Pedrito Echaurren, cuando en 1898 fundó esta casa, que era una posada, una parada de diligencias y un ventorro, en el que cocinaba la tía Andrea y se daba un caldo de cocido a los que se hospedaban con las caballerías amarradas en la puerta; justo ahí mismo. Pesar que ahora, más de cien años después, hemos conseguido dos estrellas Michelin es la leche, es algo brutal que no tengo palabras para describirlo. Aunque realmente, mucho más importante que este lugar y que cualquier lugar siempre son todas las personas que hubo y que ahora hay detrás de todo este empeño. Me emociono sólo con pensarlo.
-¿Qué ha sido lo primero que le ha dicho a sus padres?
-Nos hemos dado un abrazo muy grande y la realidad es que me lo ha dicho todo mi  madre Marisa. Nos hemos puesto a llorar todos. Ella se ha acordado de los antepasados que he nombrado antes y me ha susurrado al oído que se estaba imaginando la fiesta que tendrán en el cielo. Marisa es muy creyente y si es verdad que existe algo más allá, me los imagino muy felices. Lo cierto es que es precioso tener a mis padres al lado y poder compartir con ellos algo tan importante para todos nosotros. Además, estas cosas te hacen tener los pies en la tierra y sentirte muy afortunado en todos los sentidos.
-Había muchas quinielas el miércoles por la noche y su nombre no era uno de los más claros. ¿Pensaba que le iban a conceder la segunda?
-Yo en sueños lo mascullaba. ¿Y si cae la segunda?, me decía. Este año mucha gente ha pasado por aquí y me aseguraban que el menú era de dos sí o sí. En el fondo yo le daba muchas vueltas pero no quería hacerme ninguna ilusión en vano porque esto es realmente complicado. Cuando lo pensaba, al segundo lo borraba de la cabeza porque es muy duro hacerte a la idea y luego ver que no pasa nada. De repente, en la presentación del miércoles del libro de Eneko Atxa, que era en Bilbao, uno de los responsables de la Guía Michelin me dijo que era una gran sorpresa verme por aquí y me preguntó si pensaba quedarme por la noche a la ceremonia de la entrega. Me puse como un flan y se lo conté a Paco Pérez, que me dijo inmediatamente que eso significaba que me daban la segunda. Era todo como una guerra de nervios porque empezaron a llegarme ‘tuits’ y mensajes. Tanto es así que fui al señor de la Michelin y le dije que me hacía mucha ilusión quedarme pero que tenía mucho follón en el restaurante. Así que le pregunte si nos iban a dar algo. Entonces, me miró y me espetó que no me podía decir nada pero que me quedara... Así que me quedé. Fue impresionante vivir una noche de estrellas en un lugar como el Guggenheim, con los mejores cocineros de España, la plana mayor de Michelín, el lehendakari, el alcalde de Bilbao y que de pronto dijeran que restaurantes con dos estrellas tenemos dos: relatan el de Tenerife y de pronto, aparece el nombre de La Rioja, Ezcaray y El Portal del Echaurren. Se me puso la carne de gallina, ni me lo creía...
-¿Le ha dado tiempo a pensar lo que va a pasar a partir de ahora?
-Pues puede parecer que no pero la verdad es que sí. No he visto a ningún montañero que después de alcanzar la cima se quede a vivir allí. Ponen la banderita, se hacen una foto y se van; aquí parece que haya que quedarse. Que sea lo que Dios quiera. Eso sí, lo quiero disfrutar al máximo. No miento si digo que me siento totalmente recompensado en mi profesión. Jamás imaginé que ocupando el puesto de mi hermano Luis iba a ser capaz de conseguir las cosas que he logrado. Sólo quiero ser feliz haciendo mi trabajo y haciéndolo con mi gente. Es el momento de tirar abajo las ansiedades, las frustraciones; tengo una familia a la que quiero, mi hermana acaba de matar un cáncer, he perdido a un hermano, sé bien lo jodida que es la vida y no me quiero amargar por tener dos estrellas o tres, si llega la tercera o mantengo la segunda, que me pille siendo feliz y transmitiendo esa dicha a mis clientes. Estoy absolutamente liberado de tensiones y no siento más presión que de hacer bien las cosas. Nos han dado la segunda estrella por trabajar con calidad y ése es el camino. Es más, si algún día nos la quitan espero seguir teniendo muchos amigos.
-Pero va a haber cambios... Aunque dijo que este menú era lo mejor que había hecho.
-Voy a intentar mejorar como cocinero y eso significa sentirte orgulloso cada día del trabajo que uno hace. Mis compañeros me han comentado que con la segunda estrella van a venir clientes que antes no habían venido y quizás lo que toque es mantener el actual menú una temporada, mejorándolo de alguna manera pero sin precipitarnos, sin velocidades innecesarias. Muchas personas que van a venir por primera vez querrán conocer cuál es nuestro estilo de cocina y este trabajo representa a la perfección nuestra gramática gastronómica, nuestra tierra, nuestros orígenes, nuestra forma de ser. Me emociona pensar que tengo 45 años, más de veinte como cocinero, muchas temporadas con menús degustación y que cuando más me he centrado en mi entorno ha llegado el premio más grande. Estoy totalmente convencido de que ésta tiene que ser mi línea ahora y en el futuro. # Esta entrevista la he publicado en Diario La Rioja.

SOMOS ASESINOS

El caso de Asunta me conmueve hasta límites inimaginables. La muerte de un niño es tan irreverentemente cruel y tan conmovedora que no hay absolutamente nada en el mundo que pueda paliar tanto dolor porque es imposible. Veo a mis hijos, a cualquier chaval que ande por la calle correteando detrás de un perrillo, subido a un patinete o tirando piedras a un estanque, con esos ojos tan abiertos, tan ávidos de luz, tan queriéndose comer la vida, que no hay palabras para identificar la maldad tan profunda y bestial que puede embriagar a cualquiera para apagar semejante llama. En ocasiones me pregunto si existe alguna especie tan salvaje como la nuestra, tan brutal, tan asesina, tan poco considerada con los demás, especialmente con los más débiles o con los que son incapaces defenderse. Cada vez que matan a un niño tengo la sensación de que nos asesinamos un poco a nosotros mismos, de que como especie hemos fracasado sin paliativos, de que el Holocausto se vive cada día con la indiferencia del que mira los titulares y se entera de que, por ejemplo, acaban de morir mil niños en Kurdistán y pasa la siguiente página y aparece Belén Esteban confesando que se coloca. Así somos, en eso nos hemos convertido, en deglutidores de basura emperifollada, cincelada, liofilizada y empaquetada en el vacío del alma para que sigamos consumiendo nuestra propia inmundicia. No sé si a Asunta la han matado sus padres, poco importa. En realidad creo que a ella y a todos los niños que matan todos los días los asesinamos todos en conjunto, en silencio, mirando para otro lado, escudriñando entre las ventanas los claroscuros de nuestra conciencia, a sabiendas de que en cada uno de nosotros quizás respire un animal descarnado y salvaje que habita allí donde duerme la noche más oscura del alma. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja.

TORRENTE FICHA A JESULÍN

España es una deformación grotesca de la civilización europea, le dijo Max Estrella a Don Latino de Hispalis en Luces de Bohemia. Aquella visión ‘noventayochesca’ del solar patrio siempre me había resultado incómoda por su grandilocuencia pero también real por la parte de verdad que encerraba en su descarnada entraña. Con el tiempo me he ido dando cuenta de que Europa (es decir, el resto del continente en el que no se habla Román Paladino) también tiene multitud de infiernos en su armario y que la civilización europea en ocasiones ha resultado peor que inmunda. Pero España es cañí, para bien o para mal, aquí somos capaces de hacer de lo más sublime un estrambote, transformar una emoción en un guiñapo, en lo peor de una marca, de la guasa blanca a la negra, porque del señorío a la mala follá hay un paso en este país donde un día nos deshacemos en alabanzas a no sé quien y al día siguiente lo ponemos rumbo al cadalso. Y digo todo esto porque me ha llegado al alma que Torrente se alíe con Jesulín de Ubrique, el torero de los ‘güevos’, aquel matador que se inventó el pase de la tortilla a la vez que enseñaba los calzoncillos a Mercedes Milá en ‘prime time’ y llenaba las plazas de hijas y madres que le tiraban manojos de bragas cuando daba la vuelta al ruedo o incluso antes, con el torillo aquel estrafalario que solía desafiar en Antena 3 un día y al día siguiente en Telecinco. Torrente es un mito en este país catódico y lleno de clichés devastadores para con la inteligencia. Pero Torrente es uno, los telespectadores somos millones y Santiago Segura un tipo inteligente que se aprovecha de nuestras bajas pasiones para montar un circo y hacerse de oro. El único consuelo que me queda es que Jesulín no va a hacer de torero, porque como decía el propio Valle, «la realidad es siempre más cruel que la mala retórica».  # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja.

ESA NIMIEDAD DE LA INFORMACIÓN

El periodismo atraviesa un momento crítico, seguramente no más que otros sectores de la sociedad que tratan con más o menos suerte y talento de zafarse de los rigores de esta crisis interminable. Sin embargo, todo lo que tiene que ver con esta profesión tiende a multiplicarse hasta el infinito, tal y como acaba de suceder con los trabajadores de Canal 9, cerrada inopinadamente por el presidente Fabra tras declararse improcedente el ERE de buena parte de una plantilla que, para que se sepa, supera las 1.700 personas. El problema de los medios públicos no son ellos en sí mismos, es el modelo en el que se ha sustentado: derroche máximo (800 euros por intervención cobraban los contertulios en la era Camps), colocación de infinitos amigos, y esa constelación de productoras afines que chupan de las tartas públicas en dichos estamentos: en Cataluña los amigos de CiU; en Valencia los del PP; en Andalucía, los socialistas y en el País Vasco, los del PNV. Así en todas y cada una de dichas televisiones sin olvidar el ente central televisivo y sus correspondientes satélites de radios, webs y canales satelitales, mochila de la que también se han dotado las teles territoriales. Es decir, una pasta gansa intolerable a la que además hay que unir la forma en la que la partitocracia utiliza esos medios pagados con el dinero de los contribuyentes: la loa total del que manda, el ninguneo sistemático de la oposición y la identificación con el proyecto político que en cada ocasión alcanza el poder mediante comisarios informativos de todos los colores imaginables. Desgraciadamente, en la mayor parte de las ocasiones no son medios informativos, tienen la piel del periodismo, pero obedecen a otros intereses que para nada tienen que ver con la libertad de expresión y esas nimiedades que tan poco suelen interesar a los que nos gobiernan. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja.

LA RIOJA RESTALLA EN OTOÑO

Foto de Justo Rodríguez. Más, aquí
Un paseo por La Rioja otoñal: desde los tonos picotas y cerezas de los feraces garnachos de Peña Isasa a la suavidad de los pasteles ocres del tempranillo de la Sonsierra, con luces perezosas que se cuelan en el fondo de las viñas y que rebotan en unos cielos salidos de los pinceles de Giotto

La Rioja estalla multicolor tras la vendimia. Ha llegado el otoño del terruño y por eso los lomos de las laderas afrontan el bazuqueo de los rayos del sol en un singular crepitar de luz y brillo antes de rendirse al invierno, cuando las hojas de los viñedos caigan al suelo para engordar la mineralidad de la tierra.
Las viñas se alimentan a sí mismas en un círculo vegetativo que tiene un momento de límpida belleza, de singular cromatismo entre octubre y noviembre, cuando la mayor parte de las uvas ya ha florecido entre la levadura y los primeros y esperados caldos del año se trasiegan por mesones, casas, fiestas y restaurantes de todas las geografías. Tras las vendimias llega la primavera a las bodegas a la vez que el otoño aflora en las laderas de San Vicente y la singular y rocosa Sonsierra de sus espaldas, en las herraduras como hogazas de pan que dibujan los meandros del Ebro por Baños o San Asensio, en Briones o en el Soto de los Americanos, cerca de la Finca Igay, donde dos carreteras surcan un pequeño marecito colorado, ocre y limón maduro. Rugen los motores de los camiones y a su vera permanecen, ya casi dormidas, las cepas en un incesante tintineo de colores. La civilización discurre entre los renques a punto de aguardar a la primavera en el silencio del invierno. Y es que las viñas, como los osos, hibernan, reponen fuerzas, se toman un respiro para afrontar la nueva temporada con todo el corazón repleto. Dormir antes del vigor, la calma como preludio de la inexorable tempestad de la que brotará en un año el magnífico elixir. Y entonces, antes de apagarse, como en un singular canto de cisne, los viñedos entregan lo mejor de sí aunque en el espacio de la belleza que cautiva por los ojos. Los hombres ya han recogido los frutos: garnachas, tempranillos, viuras, mazuelos y malvasías ofrecen sabores y aromas diferentes y envejecen distintas para las miradas. Por eso es sencillamente deslumbrante el frenesí de tonalidades que se citan en La Rioja a medida de que el otoño avanza en el calendario. Y resulta hermoso y paradójico pasear entre los viñedos y descubrir las variedades por su forma de enrojecer: desde los tonos picotas y cerezas de los feraces garnachos de Peña Isasa, a la suavidad de los pasteles ocres del tempranillo peludo de las antañonas viníferas agrestes que se asoman a la bellísima carretera que discurre como un gólgota desde San Vicente a Ábalos. Desde Cellórigo El tempranillo se rinde al invierno con extrema dulzura, comprendiendo sus razones, con una nobleza varietal que hace que los atardeceres desde Cellórigo sean el remedo de un cuadro de Monet: luces perezosas que se cuelan en el fondo de las viñas y que rebotan en unos cielos salidos de los pinceles de Giotto: azules sin complejos, sin una nube, sin una mota que empañe la insolencia de un sol que ha convertido el declinar del verano en una inagotable sucesión de días iluminados, aún majados por un calor tan tenue que sólo acariciaba la piel si se presentaba de frente al mediodía, mirando a los ojos del horizonte, donde se confunde el carrasquedo o los pinares con las últimas laderas agrestes, esas donde sobreviven las cepas de siempre, las que se retuercen sin corsets, las que dibujan leñosas ramas que parecen músculos ancianos, rústicos, empecinados, surcados por tremendos valles, por venas enrojecidas e hinchadas por una savia vital que ahora regresa al corazón de la singular belleza de la vitis vinífera riojana, la dura cepa de sarmientos hidalgos. Y no se conoce muy bien si ha sido por la luz o por los efectos del cambio climático el que La Rioja vitivinícola haya vivido un final de campaña alucinante; un otoño madrugador pero especialmente largo y seco, como si las viñas no quisieran rendir definitivamente su fulgor a la entraña de la tierra. Hay parajes en La Rioja donde los colores de los viñedos han sido especialmente caprichosos: cada majuelo un tono, casi cada renque, cada planta disponía de su propia paleta para desafiar al repertorio inagotable del color, a la intensidad de los marrones que desfilaban en una increíble gama que se alzaba carmesí o incluso rosa para resbalar con eficacia por la una indescriptible traza de violetas, añiles, cerezas, rosas palo, marrones mil veces entreverados, ocres, rojos, anaranjados, amarillos pajizos, amarillos que coqueteaban con el ámbar o con el negro más oscuro e indefinible en hojas que estaban a punto de rodar yertas por el suelo a los pies de las vides. 


El otoño serpentea
En la Sierra de Yerga, con el fondo de Alfaro a la derecha y Aldeanueva a los pies, el otoño ha serpenteado en un sinfín de tonos cada jornada. Hubo, incluso un día nublado en el que mientras llovía sin rencor cerca del pico de Gatún, las viñas más altas de Quel y Autol, a escasos cincuenta metros del amable alto de la Nevera, se refrescaban con una nube que vino a visitarlas mientras aparecía el arco iris en el fondo de Castejón, con los pies en el valle madre de La Rioja.
El paisaje era melodramático. Un mar de viñas garnachas y tempranillas azotadas por el cierzo y el cielo gris surcado por un arco multicolor abriendo el horizonte. Como en una película, el espectáculo de la naturaleza se abría al afortunado espectador. Quizás no duró más de cinco minutos; a lo más, seis o siete: tres capas de nubes altas aliteraban tramas grises cobalto que se iban difuminando en el amplio cielo del atardecer. Y debajo las viñas, la inmensidad mediterránea del Valle del Ebro con la llanura navarra de Pe-ralta, Azagra y San Adrián en el infinito. Y aquí, en La Rioja, el paraíso de unos viñedos que no parecían tener confines, que se desperdigan formando alfombras multicolores en el paisaje: suaves lomas verdes, sencillos alcores anaranjados o pequeños majuelos amarillentos como las hojas de un libro castigado por los años. También, hileras perfectamente dirigidas para la vendimia mecanizada, desfile de viñas quietas e inquietantes, unas todavía verdes refrescadas por un rayo de luz solar que les venía desde el sur y otras casi naranjas, pero ya apagadas, sin ese vigor de la primavera, sin esa savia que discurre hasta los pámpanos. Algún frutal rompía la simpar rutina de los viñedos: manzanos estáticos y, sobre todo, una gran profusión de novísimos olivos. Unos, sueltos y marcando el territorio del vino y otros, en oleadas de una docena al fondo. Hay un agricultor al que le gusta rematar cada grupo de cepas con un olivo fortachón encaramado a en un promontorio como si fuese un vigía del viñedo, una demostración palpable de que ambos cultivos son muestras de civilización: donde campan el vino y el aceite surge la literatura y la emoción, el sentido y el orgullo. Y entre sinuosos valles, bancales de almendrucos, tablas de viñedos –unas grandes, otras más humildes– y olivos de muchas generaciones, aunque mayoritariamente jóvenes que aguardan a mayo a su esplendor blanquecino. Los caminos polvorientos también se copan con extrañas viñas jóvenes salvadas con conos blancos como si fuera un paisaje de sueños. Hay también tablitas sin recoger, con el fruto pendiente de un hilo. Y dan tristeza porque parecen olvidadas, como si en medio de la inmensidad un niño no divisara a su madre y se sintiera alejado de algo tan proverbial y necesario como la esperanza. Es otoño en La Rioja y los paisajes de Cenicero o Fuenmayor se unen a la piedra arenisca de sus iglesias, como la hermética Torre Fuerte de Torremontalbo o el monasterio de la Estrella de San Asensio, que preludia las lenguas que deja el Ebro en sus fértiles riberas. Nada que ver, por cierto, con la tierra colorada del Najerilla, donde los viñedos son todavía más rojos, más intensos, más provocativos; desde Camprovín hasta Cárdenas o Cordovín. Sin olvidar las dos Arenzanas o ese rincón bellísimo que discurre desde Uruñuela siguiendo el curso del Najerilla hasta los predios de Hormilleja y que muere en Torremontalbo. Cerca de Logroño también hay una inmensidad de viñas de camino hacia el oeste. La capital está rodeada de viñedos: las de los tres marqueses, las que casi llegan hasta el Castillo de Clavijo: Jubera y Leza por detrás y el Iregua a sus pies, las de Navarrete y el Cortijo con su montaña achatada en una mesetilla de viñedos que siluetean los meandros del río. Allí la luz no se ha andado con chiquitas y el espectáculo de los atardeceres escapando el sol por Santo Domingo de la Calzada ha cobrado especial intensidad en los días más claros, sin esa calima otoñal que difumina el escarpe rudo de los viejos montes. En La Rioja Alta los viñedos han propiciado un otoño delicado: Cuzcurrita, Ollauri y Casalarreina han destilado tonos naranjas pastel más suaves; aunque en Briones, lo oscuro de su tierra se tragaba más todavía la luz. De hecho, en La Rioja Alavesa la tierra es amarilla y los tonos de las viñas se acrecentaban como en una rica sinfonía de matices. Sin embargo, en Briones, en las suaves lomas hasta llegar a Ollauri y Gimileo, el color ha ido palideciendo más lentamente, como si el otoño no terminara de acostumbrarse al suave ritmo de los atardeceres cada vez más tempranos. Hay viñas que parecen un discurrir de setos, que se asemejan a jardines emperifollados que dibujan senderos matemáticos. Otras, sin embargo, caminan en fila india, sin triángulos isósceles, sin recovecos. Sin embargo, en las laderas es donde se dibujan los contornos más raros e indefinidos, donde las sombras no tienen parangón posible. El mar de pámpanos allí no es tal: el dibujo que percibe el espectador es como hecho a retazos, en almazuelas que se superponen unas a otras en cientos de matices. El otoño en La Rioja es mucho más que la culminación de la vendimia: es un regalo, un manantial de luz que brota y se contornea, que cada día es distinto, que apenas dura una semana pero por el que merece esperar más de un año en el calendario. o Este artículo le he publicado en Diario La Rioja.

¿POR QUÉ LO HACEMOS TAN MAL?

Un determinado pero amplio sector de la progresía ha celebrado la polémica resolución del Tribunal Europeo de Derechos Humanos por la que se está derogando de facto la ‘doctrina Parot’ con la excarcelación de la asesina Inés del Río (hecho repetido 24 veces se ponga como se ponga el fiscal Juan Calparsoro): «La ley es la ley y hay que cumplirla», dicen. Curiosamente este variopinto sector de la izquierda, ahormado por el nacionalismo ambiguo, calla clamorosamente cuando la ley no se cumple en un sentido que siempre coincide con sus intereses. Por ejemplo, las repetidas sentencias que en Cataluña obligan a la Generalitat a que un niño pueda estudiar en español en aquella parte de España si sus padres lo consideran conveniente mientras los diferentes gobiernos pasan directamente de obedecer a los tribunales. Pero no lo es lo mismo, no tiene la misma venta mediática situarse en ese equilibrio moral tan escuálido y decir, como muchos han dicho estos días, que determinadas víctimas del terrorismo representan los sectores más ultras de la ultramontana derecha española. Miren, me dan tanto respeto las víctimas que la utilización política que se hace de ellas es uno de los mayores atentados a la dignidad de nuestra Democracia, venga ésta de donde venga porque todos los partidos tienen mucho que callar. Conviene recordar cada instante que fueron asesinados por nuestra libertad y eso son palabras mayores. En España somos únicos para lanzarnos piedras y guillotinas sobre nuestras cabezas. No tenemos remedio y caminamos cada día a más velocidad hacia nuestra disolución. Saben, cuando vi la foto de Consuelo Ordóñez con una pancarta que ponía «Gobiernos del PP-PSOE, responsables de la impunidad de ETA», no pude hacer otra cosa que llorar al pensar cómo somos capaces de hacer tantas cosas tan mal. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja.

MORIRME

Sé que cada día estoy más cerca de morirme y me atormenta la certidumbre que me acompaña de saber a ciencia cierta que he vivido ya más –b...