LA TUMBA DEL HIJO DE VALLE INCLÁN

La muerte me inquieta tanto que prefiero no mirarla a los ojos; la esquivo hasta en esas noches de tormentas interiores en la que se suelen asomar nuestros recelos como los niños a los acantilados, con infinito respeto, pero con ese punto de inconsciencia que aletea en el brillo de los iris imantados por el peligro infinito de lo que se desconoce y atrae con similar fuerza. La muerte es nuestro único destino seguro. Seamos cómo seamos, al final del camino nos espera la parca con todas las inquietudes de nuestra existencia y sin ninguna respuesta. Somos criaturas nacidas para morir y ese fin quizás nos desvela el absurdo de no saber nunca qué será de nosotros cuando cerremos los ojos por última vez. Por eso vivo como si no existiera, a sabiendas de que mañana mismo me puede reclamar para saciar su insaciable ferocidad asesina. Morimos un poco cada día, me digo cada mañana a pesar de que los amaneceres son como una pequeña victoria frente a ella. Pero apenas desbrozo mis ojos de las legañas siento su presencia tácita, implícita, evidente y explícita. No suelo frecuentar los cementerios, pero cuando paseo por ellos no puedo parar de leer los nombres de las lápidas, la edad de los finados, los detalles de los epitafios. Ayer estuve en Cambados (Pontevedra) y fui a visitar las ruinas de la Iglesia de Santa María de Dozo, y cuál fue mi sorpresa al encontrarme que todo el lugar era un camposanto, tanto el exterior del templo, como las naves de la vieja vasija, donde las lápidas carecen de cualquier jerarquía y orden. Entonces, en mitad de aquel desconcierto dieron mis ojos con la pequeña tumba de Joaquín María del Valle-Inclán, fallecido en 1914 con apenas cuatro meses de vida e hijo del Marqués de Bradomín, que es como me gusta llamar a Valle desde que leí en su Sonata de Otoño como se le moría Concha, aquella prima gallega que había sido su primer amor. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

«NO TE FIES DE MOU, MEU AMIC»

Una vez escribí que la barba de Pep me parecía metafísica. Esa forma que tiene el de Santpedor de sobrevolar la banda, con sus manitas en los bolsillos de sus pantalones pitillo de mil euros a cada pata; con ese ritmo suyo tan sofisticado y mediterráneo de sus ruedas de prensa –entre Antonio Gramsci y Luis Llach, o entre Julia Otero y Ángels Barceló, según se mire– mientras cultivaba a lo lejos una especie de mística antimaterialista que se reencarnaba en la sublime perfección del que lo ha hecho todo por ganar pero al que la victoria le ha sonreído a través de un soplo divino directamente enviado por el Mossèn Jacinto Verdaguer desde Monserrat con el aliento de Messi. Me flipa este Pep impercetible, intocable, el Pep ‘amic’, defensor de su país ‘petit’, de su Bayern de Baviera y obviamente, de su barba perfecta, una barba milimétricamente desaliñada pero en la que no se adivinaba ni una mota de resentimiento. El tipo es tan colosalmente perfecto y guapo (él preferirá bello) que no parece ni humano. Sin embargo, ahora que Pep ha cambiado el Llobregat y el Besós por el río Isar y los millones de euros catalantes por los bávaros (tanto da), el gran entrenador que un día fue recogepelotas y emblema de la selección española (nadie la llamaba entonces La Roja) se ha convertido en una especie de fotocopia grotesca de Mourinho y le ha metido el dedo en el ojo a Tito Villanova clavándole un cuchillo cachicuerno a Rosell. A Pep no le sentó bien que su segundón se convirtiera en comandante ni en su ausencia. La ‘prima donna’ no tiene sucesor posible en su mismo banquillo y sólo había una opción que le contentara, la del portugués enfurecido. ¿Se lo imaginan sentado en el Camp Nou en la caseta local?. Entonces sí, Pep hubiera levitado y le hubiera aconsejado a Tito que no se convirtiera en el Karanka del Barça: «No te fíes de Mou, meu amic». # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja.

EL RUEDO IBÉRICO

La delegada se fue a hacer pipí y cuando regresó parsimoniosa a su burladero del callejón, el toro ‘Cantinillo’, un buen mozo de doña Dolores Aguirre, saltó la barrera y paseó su imponente arboladura persiguiendo de lejos, muy de lejos, a la excelentísima y despavorida Carmen Alba. A la buena señora se le debió de venir el mundo encima; digo yo que como a Mariano Rajoy con Bárcenas desde el trullo y con su heraldo periodístico de aquellas cuatro interminables horas. El ex-tesorero se ha transfigurado en toro y persigue a un presidente que busca su refugio en el callejón del plasma y del silencio, mientras en la plaza, más que nunca convertida en Ruedo Ibérico, el personal asiste atónito a este soberano galimatías de sueldos, sobresueldos, favores debidos, querellas y denuncias. Carmen Alba, que no estaba donde le obligaba el reglamento a estar, sino que estaba donde por merced le apetecía estar (era el sexto de la tarde y la presión debía de ser a esas alturas insoportable) ha pedido perdón y ha dicho que si hay que pagar, se paga. Y es que mientras los toros propinan cornadas; Bárcenas repartía sobres y favores (con ambos pitones indiscriminadamente). ‘Cantinillo’ se quedó en el amago, mas el sucesor de Lapuerta no; éste cornea en la femoral del partido del Gobierno. El tipo se ha hecho rico hasta extremos insoportables, como tantos; y según su torva contabilidad, ha ‘untado’ al núcleo duro del PP de José María Aznar, que permanece bigotudamente en silencio, como su sucesor a título de presidente, mientras Cospedal, una advenediza de aquellos años, amplía su querella y es la única que sale al ruedo. Me quedo con ‘Cantinillo’ y ese encierro tan particular que se montó con doña Carmen Alba, la delegada fuera de sitio que por un momento pensó que la perseguíamos todos los españoles. ¡A mí no!, creo que dijo. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

EMILIO EL BUENO

Twitter se ha convertido en el gran patio (en ocasiones, trasero) global. La verdad es que es un fenómeno extraordinario porque todo el mundo habla y como en la vida misma, muy pocos son capaces de escuchar. Las conversaciones fluyen en mil sentidos, se entremezclan, se distorsionan, regresan, corren, vuelan, marcan un camino en ocasiones insospechado y se genera a través de ellas una especie de interactuación global absolutamente inabarcable. En ocasiones pienso que si los radares del SETI en vez apuntar a Ganímedes lo hicieran a esta red tendrían problemas para detectar vida inteligente en el fondo y en la forma de millones de sus mensajes. Por ejemplo, las faltas de ortografía que se leen tienen consideración de cataclismo sísmico. Es verdad que dicen que somos lo que comemos, por lo menos yo; pero en el fondo también conviene pensar que somos lo que escribimos. Y además, en esta macro red global y mundial aparece mucha gente que se esconde tras una caricatura o tras un nombre y acentuando su absoluta debilidad mental, se pasa el día insultando, despotricando y sojuzgando a los demás como si estuvieran subidos en un auténtico púlpito medieval, considerándose dueños y señores de la verdad y de la moral del resto de los humanos que pasean por su ‘time line’. Ayer alguien, no sé muy bien quién, cerró una cuenta riojana, la de Emilio El Bueno, una parodia del consejero Emilio del Río, desde la que además de mofarse del citado político con un estilo en ocasiones chabacano, se dedicó a escribir lindezas como que «algún día un torito dejará a Urdiales cojito y siempre podrá opositar a ser concejalito». No es más que una memez, reída y alabada por los mismos memos que en cuanto lean esta columna se pondrán como un solo hombre a lanzarme toda suerte de parabienes en mi perfil. Venid, que os espero. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

El ‘iYATE’ DE STEVE JOBS

El verano debe de ser una ensoñación, barruntaba ayer de paseo por Ezcaray con mis zapatillas sin apenas suela y mis pies ateridos, congelados, casi como si fueran desnudos violando la cubierta transparente del yate de Steve Jobs; la macarrada ésa de 78 metros de eslora con nada menos que siete pantallas iMac de 27 pulgadas en el puente de mando y que alguien ha tenido a bien amarrar hasta el siete de julio en el puerto de Palma de Mallorca. El ‘iYate’ de Jobs parece algo así como el canto desesperanzado de un individuo del que no albergo ni la más mínima duda de su genialidad pero al que el mundo se le antojaba a todas luces poca cosa para él. Un barco que no parece un barco, con una quilla brutalmente recta de la que nace un gigantesco ventanal alargado y rematado por encima con dos especies de prismas lánguidos con terracita y un aire entre japonés y milenario. Un barco que diseñó hasta el último momento a sabiendas de que el cáncer lo estaba devastando y que le iba a ser imposible capitanear. La paradoja del frío en este arranque de verano húmedo me recuerda a la fuerza de voluntad de un tipo que se sabía muerto pero que luchaba contra su porvenir dibujando una nave llamada Venus, que a mí me recuerda a un iPhone que flota y a la que por dentro me la imagino llena de estancias sorprendentes como el Nautilus del capitán Nemo. Dentro de Venus uno puede esperarse cualquier cosa, neveras refrigeradas por iones, vitrocerámicas en ‘tresdé’, duchas secas, pabellones de invierno y camas flotantes conectadas con la sede de Apple, allí por la parte californiana de Cupertino donde los herederos de Jobs no tienen ni idea de lo bien que se está por Ezcaray o por Logroño sosteniendo la lumbre para encenderse un cigarrillo con un sarmiento a la luz de la luna. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja.