SERÉ MECÁNICO POR TI

Una leyenda urbana de las muchas que pululan por mi universo musical y mental, que es amplio porque divaga a lo ancho y lo largo de mis hemisferios cerebrales y altamente disperso –dada mi mismidad ecléctica y heterodoxa– me recuerda que Julio Anguita (uno de los héroes de mis perdidas mocedades) y Kiko Veneno (ultimísimo premio nacional de Música) estudiaron juntos Filosofía y Letras en no sé qué universidad. Anguita, el Califa místico, el Averroes de la pinza, junto a uno de los más geniales compositores que uno pueda echarse a la cara. Los dos, unidos, estudiando por Kant, casi nada. Anguita creo que sigue en la brecha, no estoy muy seguro, y Veneno, el catalán más andaluz que se recuerda desde Carmen Amaya, ha llenado mis estanterías mentales de ácida melancolía: ‘Seré mecánico por ti’ o ‘Está muy bien eso del cariño’, ha cantado mucho después de tropezarse con Raimundo Amador en aquel mítico ‘Veneno’, el disco que apareció en su portada con una piedra gigantesca de chocolate y en el que contaba un misterioso quehacer de San José de Arimatea, que ni tenía callos que lo avisaran de tormentas y que además se lo hacía de incógnito después de guardarse una piedra en una bolsa e irse a descansar. Kiko Veneno, el hombre del ‘Volando voy’ de Camarón (el único himno que me da la gana reconocer) o el de ‘Por ahí viene Joselito, con los ojos brillantitos, por la calle Peñón...’. Una vez, hace casi tantos años que me da vergüenza acordarme, tuve el placer de perderme con él, hablar de José Monge, de Ricardo Pachón y hasta de Juan Perro. Sentí tanta ternura y tanta acidez, que cada vez que escucho uno de sus temas me siento en Punta Paloma, asestando ripios con mi corazón a las nubes que vienen de África. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

COCINA PURA / Para Marisa y Francis

Marisa tiene una mirada frágil, sutil y alentadora. Desde que la primera vez que la vi supe que estaba frente a una persona especial, ante una señora que es relevante porque además de elaborar una cocina memorable se dota a sí misma de un encanto ni impostado ni rebuscado, sin aureolas pero con un sentido de la dignidad sencillamente arrollador. Marisa Sánchez es un ejemplo de constancia en el trabajo, de dedicación absoluta y de integridad. Con apenas dieciséis años, quizás menos, fue capaz de sacar adelante su primer banquete, una boda. Y ya no paró. Hizo magia en Ezcaray y depuró la cocina tradicional riojana merced a sus viajes a los restaurantes de Bilbao, San Sebastián y a ‘El Cocinero’, de Lorenzo Cañas en Logroño, de quien se quedó prendada por la «suprema calidad» de sus guisos. Su secreto es muy difícil de describir, aunque ella lo hace magistralmente: «Adelgacé las recetas, quité los picantes, depuré la grasa». Fue un paso abierto y esencial hacia la modernidad. La influencia que ella percibió con absoluta nitidez de lo que supuso la Nueva Cocina Vasca de Juan Mari Arzak y Pedro Subijana la interiorizó sin ambages, sin prosopopeya y con un talento natural que hizo que sus croquetas, el potaje de garbanzos o el cordero guisado sean ya verdaderos clásicos de la cocina española. A su vera se ha forjado su hijo Francis, a su lado y también a su libre albedrío. Por eso conviene apostillar que no estamos ante cocinas contradictorias ni nacida la de Francis como respuesta de un hijo que quiere volar solo. Es más, yo diría que es la consecuencia lógica de la evolución de ese gen Sánchez-Paniego que con tanta precisión se materializa en Francis: un cocinero rompedor, emprendedor, rockero, apasionado y entregado como pocos a su cocina. Francis es un tipo libre (como Marisa): es capaz de cantarle las cuarenta al lucero del alba y derretirse después como un niño cuando escucha a un compañero divisar un plato como aquel día que me contó la barbaridad de cocinero que es Paco Morales y que a Francis le hizo temblar: Ajo silvestre con aguacate y cebolla cítrica: «Vi la receta, no sé... y aquello empezó a funcionar». Francis casi lloraba emocionado. Había oficio, había conocimiento, talento, cocina pura. Y eso son Francis y Marisa, cocina pura. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja.

LA MOMIA OBNUBILADA

He aquí la cara de la momia del general Juan Prim, con sus ojos masones de cristal abiertos como quien ha visto ya al Gran Hacedor. El rostro escuchimizado, reseco, tieso como la mojama, pero como recóndito y obnubilado ante los acontecimientos patrios, ante la disgregación de los caudales de los líderes de la probable Cataluña entre independiente y estelada por ciertos bancos helvéticos do moran los porcentajes impíos de aquella corrupción que le cantó a Maragall a Pujol y de la que nunca más se supo. Juan Prim no fue un espadón al uso del XIX, fue un general catalán y de Reus que quiso una España más próspera y al que asesinaron los sicarios de Serrano (el general bonito, el preferido sexualmente por la reina Isabel) primero con varios balazos entre la espalda y el brazo y después, en su casa, estrujándole el gaznate tipo garrote vil a domicilio. Ahora, los investigadores del Departamento de Criminología de la Universidad Camilo José Cela han desvelado que el magnicidio tuvo dos fases, los disparos de la calle del Turco, y el estrangulamiento posterior en su casa. Y la momia parece que habla, que se queda como ojiplática ante esta España desmoronada merced a la insolvencia moral de una clase política anémica que se debate entre la taquicardia y el pasmo. A Botella le estalla el Madrid de Gallardón en la cara y Rajoy duerme tranquilamente en la Moncloa ese letargo que el palacete presidencial imprime a sus inquilinos. Rajoy, el desaparecido, calla; de Rubalcaba hace tiempo que no se tienen noticias y el domingo Cataluña (la de las infinitas televisiones autonómicas) dibujará el Parlament más independentista de la historia. No hay vuelta atrás, ni Prim ni su momia se merecen tan oscuro panorama. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja.

Y MARKEL ESPETÓ COSA

España es una cosa para el tal Markel Susaeta, el jugador eibarrés del Athletic Club de Bilbao convocado para jugar con la Selección española que en una rueda de prensa no se atrevió a nombrar la palabra España, no sea que a su regreso a Euskadi el aluvión de medios oficiales le refrotara por la cara semejante afrenta. Y como Markel no sabía qué decir (supongo), espetó cosa, que es algo así como no decir nada sin saber que en realidad lo estaba diciendo casi todo. No tengo ni idea si Markel Susaeta se siente vasco, español, vasco-español, español-vasco o pasa de todo el rollo nacionalista como la mayoría de la gente que conozco. Ni lo sé ni me importa un bledo. Lo que sí sé es que Markel firmó un manifiesto que decía algo así como que «nosotros queremos representar a una nación de siete territorios y 21.000 kilómetros cuadrados, cuyo nombre a día de hoy es Euskal Herria». Sin embargo, creo que aquello carecía de la más mínima importancia porque conviene recordar que el riojano Llorente también firmó aquella cosa politicoidal tan fieramente enrevesada que sólo los conocedores de la entraña vasca nacionalista alcanzaban a comprender. La verdad es que no sé si firmaron por miedo, por convicción o por no significarse a la contra en estos universos nacionalistas del pensamiento único, intocable y excluyente. Si te sales del redil te dan una hostia, y una hostia en Euskadi (o Euskal Herria) suena mucho más que la literalidad de semejante palabra. Markel Susaeta ha aceptado ir a la Selección española pero le cuesta un mundo decir la palabra España. Cuánta tontada, qué perversión más falsamente ingenua. Que no quiere ir, que no vaya, pero si va, que vaya con todas las de la ley, sin recatos lingüísticos y con un poco más de entereza. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja.

DICOTOMÍA DE LA MUERTE

Me abruma tanta muerte, tantos muertos, tanto desconsuelo que tiñe de negro infinito e inapelable las portadas de nuestros periódicos. Ahora, en nuestro Logroño, el caso de Vanesa (en el que no me quiero introducir ni por un segundo), las niñas de Hallowen en Madrid de este fin de semana, o la muerte casi diaria que viene envuelta y retractilada de no se sabe cuántas mujeres por sus amores de antaño; asesinatos y muertes que se replican constantemente en un discurrir inagotable y que nos tragamos como si en el fondo nada extraordinario sucediera. Pero detrás de cada una de esas cifras que día tras día son deglutidas por el rodillo de la actualidad hay una persona, una historia truncada y un entorno familiar destrozado para los restos. Hablamos de la muerte con la misma naturalidad que se hace de las cifras del paro, de la prima de riesgo, de la subida de los créditos hipotecarios o de los millones que se mete al bolsillo no se qué rutilante estrella del balompié. Hablamos de que las personas dejan de existir como si estuviéramos contando ovejitas en una de esas noches de inoportuno desvelo. No nos sobresalta una muerte si aparece en un periódico o llega por millares de no sé qué maremoto en Indonesia. Sin embargo, cerramos los ojos y la tenemos presente en nuestros pensamientos porque sabemos que en cualquier segundo nos puede visitar, sin esperarla, como esos besos adolescentes y furtivos donde los labios sabían a papel de fumar. La muerte banal de las hemerotecas y la muerte imprevisible que a buen seguro nos espera parecen dos raíles siempre igual de separados pero que sólo la ilusión óptica del horizonte es capaz de unir. Y sólo la muerte es conocedora, acaso, de dónde se le colocará a cada cual su última página del calendario. # Este artículo lo he publicado hoy en Diario La Rioja.

AGUSTÍN GARCÍA CALVO (a su memoria)

Seguro que si dios existiera, –me refiero, claro está, al dios con minúsculas de los sueños de Chicho Sánchez Ferlosio, no al Dios omnipotente y misericordioso, compasivo y omnisciente que marca el calendario y las rutinas– tendría una explicación a lo inexplicable del alucinante trabazón que produce en la retina el juego de aliteraciones de las cuatro camisas superpuestas en tonos pastel que protegían la anatomía de Agustín García Calvo de la intemperie de la Sala de Cámara de Riojafórum, de su fular negro (extrañamente discreto para los que suele acomodar), de los nudos de los faldones y del juego de los puños doblados hacia adentro, con un desaliño aparente pero teatral porque cuida al milímetro cada una de sus notas, como un hipérbaton o un tetrastrofomonorrimo de una moda que no es moda. Quién sabe si la barba que tampoco es barba ni el bigote que es mucho más que un bigote de este irrepetible filosófo contra el Progreso sean en el fondo un guiño a Chicho Sánchez Ferlosio, a su agudeza y a su innegable mala salud de hierro que dieron para el mundo un personaje irrepetible que revivió hace unos años  en una velada poético-musical memorable, gracias tanto a la prosodia del maestro como a la fluidez canora de Amancio Prada, que cuando dibujaba en el aire esa belleza llamada ‘Tú, cuya mano’ hasta se olvidó por un segundo del hilo de uno de los poemas más subyugantes de la inmensa obra lírica de un Agustín García Calvo que cantó y declamó, que habló sobre su amistad con el desaparecido músico y que acabó tan emocionado al final como el público que llenó el cubículo pequeño del Palacio de Congresos. Amancio Prada, jovial y dicharachero por momentos, paseó por todos los resgistros posibles en un cantor y resolvió con su voz cristalina –más limpia que agua de oro– una maravillosa actuación preñada de momentos plenos de inspiración y sentimiento, de historias de Chicho y de complicidades con un estilo y una forma de ser que ni se lleva ni se va a llevar nunca. Hasta siempre, Chicho.

BARDEM O LA IZQUIERDA CAVIAR

Javier Bardem es un actor como la copa de un pino; un gigante absoluto del cinematógrafo, un gran valedor de la marca España con sus trabajos en Hollywood y un auténtico impresentable cuando habla de política y se postula como una especie de ‘enfant terrible’ de esta singular izquierda ricachona, glamurosa y ‘progepija’ hasta deponer la penúltima barbaridad de ayer: esa auténtica soplapollez con la que aseguraba, nada más y nada menos, que a este gobierno del PP le viene bien tanto paro. El primer escarceo, que yo sepa, de Bardem con la tragedia del desempleo fue con la magnífica peli de Fernando León de Aranoa ‘Los lunes al sol’, aquel alegato contra el paro donde este gran actor encarnaba a Santa, un sindicalista despedido de una compañía naviera de Galicia tras la reconversión. Sin embargo, se da la paradoja que aquella película fue rodada en 2001 (gobernaba un tal José María Aznar) y la tasa de paro en España era la más baja que se recuerda: el 10,6 por ciento (ahora creo que superamos el 25). Bardem hablaba en los lunes al sol del desastre de no trabajar cuando en España trabajaba casi todo el mundo y ahora que cada vez trabaja menos gente, el genial intérprete acusa al gobierno de beneficiarse del desastre personal que vive uno de cada cuatro de nuestros conciudadanos. Acojonante ¿no? Es curioso como buena parte de esta especie de izquierda antisistema (pero devota del caviar) calló o miró hacia otro lado cuando las políticas y el derroche de Zapatero nos llevaban de cabeza a este desastre y ahora no callan cuando Rajoy se muestra incapaz de sujetar el derrumbe del país. No dudo de la inconsistencia de este gobierno, pero tampoco del color del plumero de Javier Bardem y el resto de los bardencillos habituales. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

MORIRME

Sé que cada día estoy más cerca de morirme y me atormenta la certidumbre que me acompaña de saber a ciencia cierta que he vivido ya más –b...